Ciudad. La Ciudad.

Te atrapa.

Inteligente y llena de energía, una energía especial.

Pero también es competitiva y sin piedad. Canalla. Y quizás eso hace que te entregues más a ella. Porque no te engaña, te dice abiertamente desde el principio lo que es. Si decides quedarte, sabes a lo que te atienes.

Puede ser un sueño, pero en cualquier momento puede tornarse en pesadilla. Y eres totalmente consciente de ello. No hay margen ni espacio para el engaño. Va de frente y no se anda con rodeos.

Ciudad.

Viva. Tan viva que abruma.

Las ciudades las hacen las personas que viven y se mueven por ellas. De nada servirían esos preciosos e imponentes rascacielos, si no hubiera nadie para admirarlos, si éstos estuvieran vacíos y carentes de vida.

Los que los dotan de esa energía son las personas que trabajan o viven en ellos, que los miran y los disfrutan; que se acostumbran a su presencia y ya no levantan la cabeza para contemplarlos.

Sin embargo, los neoyorkinos saben que están ahí. Pueden permancer impasibles ante ellos porque están presentes en su día a día, pero llevan el pecho henchido de orgullo sabiendo que tienen a sus espaldas el edificio Chrysler o el Flatiron o el World Trade Center. O el espectacular Oculus (de Calatrava, por cierto).

Las personas que pululan por Manhattan son agradables, simpáticas. Y hay una mezcla tan bestial de personas, no sólo de razas, sino de tipos de personas,  que parece un nuevo y revisado “arca de Noé”.

La energía de la Ciudad es tan espectacular que te tira de culo al llegar.

Te abruma, te descentra, te pone de los nervios. Y exhala creatividad por dónde quiera que vayas. La creatividad se respira y se te ocurren mil historias, mil cosas que hacer y sientes que allí serían posibles. Sabes que sí sería posible.

Nadie va a ir a buscarte, pero tienes una certeza extraña de que si eres tú el que buscas, encontrarás.

Crearás.

Podrás vivir de tu sueño.

O quizás no de ESE sueño, pero sí de otro que se te ocurrirá solo allí.

Porque es caótica y ruidosa, pero cautivadora. Porque si te cansas puedes ir a Central Park y parece que el mundo se haya detenido entre idílicos parajes. Porque es imposible hartarse de New York. Porque parece imposible que, en un espacio relativamente pequeño como es Manhattan, pueda haber tanto. Y tanto, Y TANTO.

Sé que no estoy diciendo absolutamente nada nuevo sobre New York City, pero necesitaba escribir acerca de ello.

Necesitaba decir que la crueldad y la amabilidad conviven y que, a pesar de lo que se piensa por aquí, no es necesariamente malo.

A veces es en los peores momentos cuando suceden o se nos ocurren las locuras u ocurrencias que marcan nuestra vida.

Y no tiene New York una crueldad maliciosa (que sí existe en otros lugares); la de la Ciudad se trata simplemente de la bravura que te va a proporcionar la vida. No está mal saber que está ahí, ir aprendiendo y convivir con ella.

Y ser feliz, porque te hace saber que cada minuto cuenta.

Como diría DiCaprio en Titanic: “Haz que cuente”.

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