De todo se aprende. Y de todos. Anoche, justo antes de dormirme, me di cuenta de que debía escribir este artículo.

Empezaron a rondarme todos los profes y maestros que han pasado por mi vida y que, de alguna u otra manera, forman parte de mí y mi carácter.

Del colegio recordé a don Serafín, al que tanto quise y quiero, que enseñaba de todo, que era exigente, pero comprensivo.

A él le escribía cartas con 5 ó 6 años para contarle mis vicisitudes en clase; nos hacía hacer redacciones cada viernes para que el ganador publicase en el “Diario del colegio”, en el que también participábamos en su elaboración. Gracias a él escribía.

Él, que nos abrió el mundo de la informática, a pesar de mi torpeza con el MS-DOS.

El que vino a nuestro viaje de Fin de Curso tan sonado a Italia.

Fofi, el portero, que con su guitarra nos transportaba a mundos mágicos de tiburones y Carnaval. No era maestro, ni falta que le hacía. La docencia la llevaba innata en su ser.

La señorita Pepi, con su paciencia, templanza y buen hacer.

La señorita Aurelia, con la única con la que las matemáticas no se me atravesaban.

Don Eloy, duro como ninguno, a veces se pasaba, como la vida misma. Capaz de ver el futuro con solo mirar a su alumno. Increíble, pero cierto. A veces traumático. También nos acompañó en nuestro viaje de fin de curso, junto a Jose Antonio, el director, que nunca me dio clase, pero que afortunadamente descubrí en el viaje.

Quizás me dejo alguno en el tintero, pero sin duda estos fueron los que me marcaron en el colegio. Aquí, como en el transcurso de toda mi vida estudiantil, tuve buenos ejemplos de cómo NO hacer las cosas.

Dando un salto al Instituto recuerdo a Teresa, mi profesora de Geografía, Historia y Arte: su sarcasmo improvisado, sus verdades como puños, su elegancia, su gusto y amor por la profesión.

Javier, uno de mis mejores amigos a día de hoy. No sé ni por dónde empezar: apasionado de la literatura y el teatro, transmisor de esa pasión, dedicación absoluta, preocupación y ocupación por lo que hacía (ya está merecidamente jubilado). Él montó el grupo de teatro del instituto, del que yo formaría parte algunos años y en el que DISFRUTÉ como nunca.

Gracias a él aprobé Lengua y Literatura en Selectividad, a pesar de que no nos daba esa asignatura, sino una optativa preciosa (que él hacía preciosa), en la que me subí a su mesa para representar a Shakespeare como Julieta en el balcón. Gracias a su insistencia hice el CAP (hoy Master de Educación o algo así).

Josele, que con sus locuras nos hacía prestar atención a cosas tan importantes como la protección en las relaciones sexuales, cómo se transmitía el SIDA o los valores éticos y morales. Y qué gusto escucharla explicar Filosofía, parecía hasta fácil. Hizo que me gustara hasta día de hoy.

Enrique, que me dio Música e Historia y que formaba parte del grupo de teatro, dando sonido y compás a las obras. Cercano y comprometido.

Manolo, el director, que aunque sus clases eran bastante aburridas, supo hacerme desarrollar (quizás sin él saberlo) la “lectura entre lineas”. Gracias a él y solo a él pude acabar mi formación en MI instituto. Se lo agradeceré siempre.

Mª José, esa señora mayor, cuya vida había sido la Física y Química, con sus fichas amarillentas, su férrea disciplina y sus buenas explicaciones, tanto que hasta yo a veces la entendía. La que cuando veía que no ibas a aprobar su asignatura te decía que aprovecharas el tiempo de su clase en hacer otra cosa de interés.

La Facultad. Los mejores años de mi vida. Los más divertidos, apasionantes y vehementes.

Arturo, con sus explicaciones maestras, con las que nos dejaba boquiabiertos a todos, su forma de transmitir, su fino sentido de la ironía. MARAVILLOSO.

Diego, que daba gusto escucharlo en clase, con sus pullas y sus explicaciones que hacían tan sencilla la materia, pero que cuando mirabas los apuntes te dabas cuenta de que lo único bonito de la asignatura era escucharlo a él.

Mª Dolores, que era jartible hasta decir basta, pero qué buena era. Qué buen manual escribió sobre su asignatura, que es su vida.

Alberto, con su conocimiento sobre la Historia de nuestra ciudad: es una enciclopedia viva, defensor de la cultura, gastronomía y enología gaditanas.

Todos los que están, son.

No me imagino a ninguno de ellos haciendo otra cosa. Y menos mal que no lo hicieron. Porque estoy segura de que esto que escribo no es algo particular mío y que si hiciésemos una “quiniela” al menos el 95% de ellos estarían en la lista del resto de alumnos que tuvieron y tienen.

A mi forma de ver eso es triunfar en la vida. Eso es el éxito.

Gracias a cada uno de ell@s. GRACIAS.

* El dibujo de la portada representa a María de Maeztu, pedagoga vasca que escandalizó a los hombres y mujeres españoles de su tiempo, cuando afirmó a principios del siglo XX que el progreso nacional dependía más de la calidad de la escuela que de las condiciones y medios económicos de los alumnos. También tuvo la audacia de definirse como feminista. Fundó en 1915 la Residencia de Señoritas, la primera institución universitaria para mujeres en España, entre varias iniciativas pioneras en la educación. Murió exiliada en Mar del Plata, Argentina, en 1948. (Fuente http://www.vix.com)

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