Y de pronto, recordé.

Recordé que siempre, desde que tengo uso de razón, lo he hecho.

Si había algo que ocupaba mi tiempo junto con soñar ser Marisol, Rocío Dúrcal o Alaska era leer y escribir.

¡ESCRIBIR! ¡Es verdad, siempre lo hice!

Siempre lo he hecho. De una u otra manera. Ya sea ficción o no. Ya sean mis tripas o mis risas. Ya sea creado o vivido.

Cuentos, poemas (de adolescente, poca cosa literariamente hablando), memorias detalladas, gritos de socorro, letras de Carnaval -pasodobles y cuplés-, artículos, cartas.

Toda una vida.

De niña me recuerdo copiando poemas de Lorca, Rubén Darío o Alberti en una pequeña libreta y empezando a escribir unas especies de cuentos o algo así. Y los dejaba siempre sin acabar porque me parecía tedioso cuando no se me ocurría nada.

Siempre he sido muy floja, aún hoy lo sigo siendo. Cuando algo necesita de mucho esfuerzo… Malo para mí. No soy una persona constante, la perseverancia no es mi fuerte.

Sin embargo, ahora que ya me conozco mejor y sé de mis defectos, intento corregirlos. Aunque es cierto que -a pesar de mi vagancia- siempre escribí, nunca lo hice tanto como debiera. Por otro lado, el tiempo ha jugado a mi favor y me ha acercado a ángeles que me han revelado todo un universo: el mío. He descubierto mi propio mundo interior a través de escritoras como Sol Aguirre. Ella en concreto me ha hecho ver que no estoy loca y, que si lo estoy:

  1. Me tiene que dar igual (objetivo conseguido).
  2. No pasa nada, porque no me siento sola: ya no lo estoy.

Isabel Allende, otra maravilla a la que devoro lectoramente hablando desde adolescente, comentaba en una entrevista que «ahora sabía que con trabajo podía escribir sobre cualquier cosa».

Y mi amado Eduardo Punset explicaba en una de sus muchas conferencias que «el talento tiene que trabajarse. Hay que esforzarse en él, dedicarle tiempo, estudio. No basta con tener el talento y ya. Si no se trabaja en él con ahínco no conseguiremos nada».

Definía el talento como «algo que se te da bien, que te gusta más que nada, por el que no pasan las horas».

Yo no sé si tendré verdadero talento para escribir, pero cuando estoy en ello, el mundo se para. Nada más ocurre a mi alrededor. Es como si saliera de mi cuerpo y, cuando las campanas de alguna iglesia cercana me hacen volver, han pasado las horas y ya se está haciendo de noche. Yo, escritora.

PD. Gracias, papá.

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