Hace algo menos de cuatro años iba a cumplir uno de mis sueños: volar a París. Corría el año 2015 y contaba los días para contemplarla.

Con respeto y cierto miedo, como siempre que voy a algún sitio con altas expectativas, preparé el viaje con todo el amor que albergaba cada una de las células de mi cuerpo. Hice un itinerario, para no perdernos “lo más importante”, en los ocho días que íbamos a pasar en esta bellísima ciudad.

No me decepcionó en absoluto, sino todo lo contrario. Me sorprendió esa mezcla de grandiosidad y minúsculos detalles que la hacían incomparable.

Me cautivó.

Puedo decir que si, al otro lado del océano, Nueva York es mi lugar; París es mi sitio a este lado del charco. Llegamos un miércoles y nos alojábamos en un pequeño pero precioso hotel del distrito de Ópera.

Las terrazas parisinas me parecían la mayor cucada que había visto en mi vida, y muy preparadas para el frío, que ya apretaba en pleno mes de noviembre.

Tras dos días maravillosos en París, el viernes 13 a eso de las ocho de la noche, estábamos sentados en una de las bellas terrazas de Ópera, mirando la vida pasar, saboreando una copa de vino mientras estrenaba un colgante de Tiffany’s que mi amado me había regalado en las Galerías Lafayette.

Tenía el móvil casi sin batería, ya que a ambos se nos había olvidado el cargador y hasta el día siguiente ya no podíamos comprar uno. Era un MOMENTO MÁGICO, de hecho, todo el viaje lo fue -en este sentido- hasta ese día.

De esta terraza nos fuimos a otra, de mesas altas, donde devoramos una pizza riquísima mientras, en el interior, retransmitían un partido de fútbol en el estadio de Saint-Denis, a las afueras de la ciudad. Algo pasó en el estadio, no se sabía muy bien el qué. Al ratito comenzaron a escucharse ambulancias por todas partes.

Miré mi móvil, a punto de desfallecer y, de pronto, empezaron a llegarme una pila de wasaps. Las calles, casi imperceptiblemente, comenzaron a vaciarse, quedando solo el sonido de las sirenas y de nuestro bar, lleno hasta los topes. Con la escasa batería que me quedaba contesté a todos que estábamos bien, que había sido algo a las afueras, en el estadio, que en la ciudad no pasaba nada.

Desde España me decían que no, que también había habido ataques en terrazas de bares y restaurantes y ya miré en San Google y vimos el alcance de lo sucedido. Justo cuando nos mirábamos entre aturdidos e incrédulos, se nos acercó un chico francés y en medio ingles, francés y español nos comentó lo que estaba ocurriendo, por si estábamos alojados en la zona de los ataques.

Agradecidos le dijimos que no, que estábamos en ese mismo distrito. Empezamos a hablar, en un franspanglish extraño, pero con el que nos entendíamos perfectamente. Nos invitó a compartir la mesa con sus amigos y allí estuvimos hasta que el bar cerró, a eso de las dos de la mañana.

Al día siguiente se respiraba totalmente diferente en París, podía sentir el dolor y la pesadumbre. Nosotros, como única medida preventiva, le preguntamos a la recepcionista del hotel si podíamos salir sin problema, y así fue. Tampoco volvímos a tomar el metro, le dejé los billetes que ya teníamos comprados a la camarera de piso del hotel.

No pudimos ir al Louvre, ni a Versalles, a Saint-Chapell, ni al Museo d’Orsay. Fuimos a la Plaza de la República, por pura y sincera necesidad de expresar lo mucho que sentíamos lo que había ocurrido.

Sentía rabia, pena, impotencia… Por supuesto que podríamos haber sido nosotros. Pero nunca dejé que ese pensamiento me arruinara mi amor por París, ni estando allí, ni ya de vuelta. Cambiamos el itinerario de lo que íbamos a hacer, y vivimos la ciudad de otra manera. No podía permitir que ellos manipularan nuestra vida a su antojo.

No iban a darme miedo. NO LO IBA A PERMITIR.

Hoy, viendo el sexto capítulo de Handmaid’s Tale de la tercera temporada, he sentido pavor. Y me he acordado de todo esto. Entonces no lo escribí, ni siquiera había creado el blog en mi mente.

Es en estos momentos cuando, a pesar del pánico, hay que luchar para que ese terror no te paralice, para que no cambie tu rumbo. Si lo hace, habrán ganado.

Sí, tuve miedo, pero me lo tragué.

No quiero silencio.

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