El otro día quedé con una buena amiga y, recordando tiempos pasados, entramos en un lugar oscuro y siniestro que yo desconocía; me recordó una canción de nuestra adolescencia que a ella le encantaba: Ava Adore, de Smashing Pumpkins. El amor tóxico en una canción. Nada nuevo en el horizonte.

La canción comienza con “Tú eres lo que adoro, siempre serás mi puta”. El mensaje era obviamente la de un amor enfermo, sometido, dependiente e insano. Pero me terminó confesando que se había visto -y todavía se veía- reflejada en él:

– Ya va siendo hora de salir del armario-, me dijo.

Comenzó a contarme que deseaba entonces –con apenas 17 ó 18 años- que alguien le hiciera sentir todo aquello, tal cual, con esa letra; para ella esa melodía era el fiel reflejo del amor más romántico, del verdadero y asfixiante querer de verdad.

Ahora, sin embargo la vuelve a escuchar, con el pasar de los años y -sobre todo- de la experiencia, y no quiere reconocerse en ella, de hecho me aseguraba con vehemencia «esa ya no soy yo», aunque reconocía que sí que le queda un poso difícil de arrancar: «Sé que no, pero no consigo zafarme. Sé que no tengo motivos, pero me siento culpable sin saber por qué. Sé que no es por ahí, pero sigo adelante». Yo permanecía OJIPLÁTICA.

Ella, feminista desde que tengo recuerdo, a la que siempre había tenido por una persona súper independiente. Ella y su armario.

Continuaba diciéndome que pensaba a menudo que la culpa -la maldita culpa- era suya: ella se había ofrecido así y era una deslealtad ahora no continuar ofrendando lo mismo, aunque hubieran pasado muchos años. Aunque entonces fuera prácticamente una niña y ahora una mujer rozando la cuarentena.

Yo le pregunté que de dónde había sacado esa idea del amor. Y ella, metida en un diálogo más consigo misma que conmigo, respondió con otra pregunta: «¿Por qué tengo que hacer cosas que no quiero, pero que me impongo hacer por amor, desde un deseo artificial, provocado por mi ansia de satisfacer? Al fin y al cabo, he conseguido sentir lo que tantas veces escuché: ser una puta», pero me he dado cuenta de que no me gusta».

Me confesó que así era como se sentía a veces y había descubierto desde hacía algún tiempo que no le gustaba le desagradaba enormemente ese papel que ella misma se había obligado a desempeñar. En una canción puede parecer romántico, pero en la vida real es una mierda. Obvio.

Es verdad que lleva tiempo construyéndose, por dentro y por fuera: «Sigo siendo yo, pero una versión de mí que sí me gusta, que no me hace sentir mal y donde la culpabilidad no tiene cabida, aunque todavía se me acerca por momentos. Además no se trata solo de mí: tiene que haber una evolución por ambas partes».

Una versión donde hay dos personas que se quieren, que se aman, en igualdad de condiciones, donde amar no significa doblegarse a los deseos del otro, ni dejar tus aspiraciones para lo último. Donde el amor tóxico en una canción ya no te manipula.

Eso no es amor.

No lo es si no hay una vida propia, de cada individuo, pero compartida desde el cariño, la pasión y el respeto. Amor no es sentirse como una puta, ni permitir -e incluso alentar- que la otra persona te trate como tal. Amor es colaborar en la vida del otro, aunque no se piense igual; es animar en sus empeños con ilusión.

Amar es fortalecerte viendo feliz a quien tienes a tu lado. Lo demás dejémoslo donde tiene que estar, en la ficción.

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