Los últimos metros que recorría hasta llegar a mi casa los he hecho prácticamente corriendo, apretando el paso y los labios para no romper a llorar en mitad de la calle. Llevaba tiempo con un nudo en la garganta que iba y venía, sin saber el motivo. Un nudo de estos como cuando te aguantas las ganas de llorar, pero sin tener esa necesidad. Muy raruno todo.

Durante dos días una mano invisible se ha apoderado de mí, apretándome la tráquea: me costaba hasta tragar, sin aparente fundamento.

Hoy, mientras tomaba apaciblemente mi café solo descafeinado y un agua con gas en una terraza en tanto leía También esto pasará de Milena Busquets, el nudo se ha comenzado a deshacer, así, sin avisar; sin decirme “¡Vete recogiendo el chiringuito si no quieres que los alegres veraneantes te vean moquear!”.

He tomado aliento, apartando por unos segundos la vista de las páginas, he bebido un sorbo de café y he reanudado la lectura. Pero el nudo seguía desvaratándose, y yo con él. Aunque no desapareció.

No sé por qué nadie nos enseña -en casa, en el colegio o dónde sea- que no somos eternos, que tenemos un principio y un final, y que es algo normal porque, sin excepción, todos pasaremos por ello.

Igual que nacemos, morimos. Punto.

No sé por qué nadie nos instruye en que ninguna de las personas a las que queremos tienen el don de la inmortalidad. Que un día estamos y al otro no. Que estamos ahora y en el minuto siguiente -¡puuuf!- nos esfumamos.

Debe haber alguna manera, psicológicamente hablando, que nos prepare y nos muestre la muerte como un paso más de nuestra existencia y no como algo terrorífico. Admiro -y mucho- a los que no le tienen miedo.

Y me maravillan los que, a pesar del miedo, hacen las cosas. Son mi ejemplo a seguir. Máximo Huerta, sin ir más lejos. Hace unas semanas comenzó programa nuevo y, a pesar del miedo, dijo “Aquí estoy. Preguntad” (sobre su etapa como Ministro de Cultura. Una pena que fuera tan breve, hubiera aportado tanto…). Se plantó con sus nervios, sus emociones y todo él y pa’lante. Yo, empática desmesurada, exaltada y conmovida, aplaudiendo desde el sofá.

Leyendo el artículo “¡Esa puerta!”, incluido en su libro Intimidad Improvisada, no pude sentirme más agradecida. Hablaba de cómo son las personas que cierran las puertas cuando entran en algún sitio, de sus cualidades humanas, haciéndome sentir tan reflejada en esas letras -las cuales obviamente no iban dirigidas a mí-, que me hizo quereme mucho.

Y todo eso a pesar de una INFAME Y VERGONZANTE experiencia que me ocurrió hace muchos años por cerrar la puerta en un bar, pero que no me ha hecho perder las buenas maneras.

Había quedado yo con una amiga en nuestro bar de siempre que, como de costumbre, estaba lleno y nos tuvimos que sentar en alguna de las mesas más proximas a la puerta. Era invierno, hemisferio norte, hacía frío y odiaba tener que sentarme cerca de la puerta porque nadie la cerraba y teníamos que estar levantándonos para hacer lo propio.

Ese día llegué y, para variar, la puerta estaba abierta. Yo, en mi afán de ser solidaria con los demás clientes y conmigo misma, me dispuse a cerrarla. Era una puerta entera de cristal, grande, pesada y con un picaporte enorme y ovalado, de acero inoxidable. Al ir cerrándola escuché un ligero “CLIC” y -¡oh, sorpresa!-, el portón comenzó a deshacerse ante mis ojos en miles de diminutos cristales, estampándose contra el suelo con gran estruendo el agarre de la ya inexistente puerta.

El bar, lleno hasta los topes, guardó silencio, like a funeral. Yo, loca por un agujero negro donde poder meterme de pies a cabeza, no se me ocurrió otra cosa que soltar un “¿¡He sido yooo!?”, al más puro Steve Urkel, tan de moda en aquellos años.

Mi amiga se partía el culo y yo no sabía si irme, quedarme o revolcarme cual perrillo faldero sobre la montaña de cristales, en un intento de redimir la culpa que me asolaba.

Desde entonces debo reconocer que las puertas de cristal las cierro con el culito apretado, por si tengo que salir corriendo.

Tengo miedo, sí. Pues las cierro con miedo. Y ya está.

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