El otro día vi en las stories de alguien, no recuerdo de quién, lo siento, algo que me llamó la atención y que solo venía a confirmar lo que venía observando desde hace algún tiempo: el egoísmo de una generación frente a lo bizarra de la enfrente.

Vaya por delante que con esto no quiero decir que se pueda tildar a toda una generación, individuo por individuo, con estas características. De sobra es sabido que generalizar siempre hace pagar justos por pecadores. De ahí esta aclaración.

La mencionada historia tenía como sujeto a un chico -de menos de 30- que argumentaba lo siguiente (escribo de memoria y con algo de ironía): “Pobrecitos los de nuestra generación, que nos ha tocado vivir el TRAUMA del 11-S, la crisis de 2008 y ahora esta epidemia mundial. No podemos tener más mala suerte”, o algo así.

Pasan por alto que el resto de personas -mayores que ellos- también hemos vivido todo eso que cuentan y “alguna cosilla” más. Pero, sobre todo, lo que más me cabrea es ese lamento quejumbroso, como si les hubiera tocado vivir la peor época de la Historia.

Pobrecillos.

Pasan por alto que, a pesar del trauma del 11-S -que lo fue para TODOS los que vivimos aquel acontecimiento, en mayor o menor medida- no hubo ninguna guerra después en nuestro tierno Primer Mundo Civilizado: nadie nos tiró bombas, ni nos masacró, ni tuvimos que ir a la guerra en masa -se fuera militar o no-, no no encerraron en campos de concentración, ni tuvimos que huir de nuestras casas tanteando la supervivencia. No hubo una guerra fraticida, de chivatos, rencores y odios sacados de paseo.

Tampoco la crisis del 2008, a pesar de su crudeza, nos acercó siquiera a las consecuencias de una posguerra, donde una gran parte de la población estaba enferma de tubercolisis, no tenía ni comida, ni dinero, ni por asomo una pizca de las comodidades que -por suerte- existen ahora. Lo que es el desconocimiento de la Historia.

Esta pandemia lo único que nos reclama es QUEDARNOS EN CASA, teletrabajando en caso de que sea posible, viendo NETFLIX y comiendo donuts rodeados de montañas de rollos de papel higiénico.

Lo chungo, lo chungo de verdad lo han soportado nuestros abuelos, que sí han pasado por guerras, hambre, frío y muerte. Y encima, ahora son los más vulnerables, temiendo finalizar su existencia por un virus que viene de China, o eso es lo que les han contado.

Lo duro, la mierda de verdad, es que la Sanidad colapse y no pueda atender no solo a los que enfermen/enfermemos -nadie está libre de esto-, sino a personas que tengan un accidente grave, un ictus o un infarto. A ver si NOS ENTERAMOS ya.

La mierda suprema es que las personas que están muriendo lo están haciendo solas, sin la compañía de sus familias y amigos. Lo cruel de todo esto es que solo permiten el reconocimiento del fallecido y la firma de los papeles en la frialdad desapegada de un tanatorio.

Ojalá que ninguno de vosotros, los que pensáis que os ha tocado vivir en la mierda, tengáis que pasar por ese trago. Y si os toca, no estaréis ni haciéndoos una idea de lo que han pasado nuestros abuelos. Ni puta idea.

Ellos, la generación bizarra.

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