Hace un rato que he llegado de la calle. Anoche me acosté a la una y media y esta mañana a las siete y media ya había subido los toldos. Sin despertador ni nada. He remoloneado en la cama. Ha habido un rato en el que me he dicho: Bah, para qué vas a bajar, si no tienes ganas. Pero me he analizado y me he dado cuenta que lo que tenía era miedo, no pereza.

Entonces me he levantado de un respingo: Y una mierda. Me he puesto la ropa que dejé preparada anoche, cremita solar para el jeto y a caminar a pasito ligero. Estaba nerviosa, pero cuando he visto, olido -sobre todo olido- y escuchado el mar… No hay dudas.

He hecho bien, menos mal que he bajado a pesar del miedo. No temor al virus -sí respeto-; aprensión a ver las calles vacías, a tropezarme con gente, a no saber qué me voy a encontrar. Miedo a lo desconocido, que es donde reside su fuerza.

No he caminado todo el trayecto que tenía pensado. Estoy muy cansada y me ahogo un poco. Puta cuarentena.

De camino a casa he cogido por la calle más comercial y estaban acicalando los cristales de las tiendas y había ya gente dentro, con el comercio cerrado obviamente, limpiando. He llorado porque he sentido normalidad. Ya sé que no será como antes, por lo menos no de momento, pero sentía tanta tristeza de ver los comercios cerrados, de ver la ciudad muerta que esto ha sido una especie de renacimiento. Me han entrado ganas de darles las gracias a los trabajadores, pero mi vergüenza ha ganado.

Quizás cuando el miedo se vaya pueda hacerlo. Pero quizás el miedo no se vaya nunca. Entonces lo haré con miedo, igual que esta mañana.

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