Siempre ha sido bastante importante para mí el reconocimiento, el sentirme valorada. No me gustan, sin embargo, las adulaciones sin sentido, las lisonjas porque sí o lo meloso condicionado. Además lo noto enseguida y me entristece aún más que el silencio.

Siempre me ha reconfortado sentirme útil, como al resto de los seres humanos, supongo. O no. Mi beneficio no viene porque me digáis «qué bien lo has hecho» o «qué bonito te ha salido», sino más por hacer un bien: el cambiar en algo la vida, aunque ese algo sea muy pequeño. Un simple gracias es suficiente. Un «me he sentido identificad@ con eso que escribiste» me sube a las nubes. Ganarme la vida con ello es mi sueño.

A todos nos gusta sentirnos valorados, es una necesidad humana: somos seres sociales. En un momento histórico en el que las redes nos dan un número, una evaluación constante, realizada al segundo, de cómo los demás reciben lo que hacemos, esto puede estar muy bien. O no. Porque esas redes se rigen por un algoritmo que no sabemos muy bien cómo funciona y que no controlamos en absoluto. Publico para el mundo (el que me quiera leer, escuchar y ver), pero las redes -el «bendito» algoritmo, o sea, unos pocos- deciden si me muestra, a quién, cuándo y el qué.

Debo reconocer que me frustra bastante cuando veo que cualquier video chorra o alguna de las que llaman «influencer», pegan un petardazo con una publicación absurda, o me entero de cuántos seguidores tienen. Para mí no son ninguna influencia aquellas personas que, a pesar de tener un número bastante alto de seguidores, su contenido no me aporta nada, solo se dedican a anunciar productos que me huelo que ni usan y en las que no confío porque vislumbro falta de coherencia.

Las auténticas, al menos para mí, son todo lo contrario: personas reales como yo y que, independientemente del número de seguidores -verídicos- que tienen contestan cuando pueden, puedo fiarme de sus contenidos y, sobre todo, me hacen reír. Mucho. Algunas veces me arreglan el día, sinceramente. Menciono a tres de ellas, ya bastante conocidas, que son las que más sigo y de las que no me suelo perder ni una publicación: @lavecinarubia, @lasclavesdesol y @lookandchic. Todas tienen contenido honesto y coherente, ayudan, aportan, te hacen crecer, evolucionar, vestir bien, empoderarte y darte cuenta que la vida son dos días, que hemos venido a intentar ser felices cantando «Sopa de caracol», el «Happy dog» o buscando una frase motivadora en el té de cada mañana, sin fastidiar a nadie y sin que nadie nos jorobe a nosotras, por supuesto. Es lo que yo busco en redes sociales; ya cada uno puede andar a la caza de lo que le dé la gana, obviamente.

Volviendo a lo de mi frustración, esta se debe a mi apego al resultado, lo sé. ¿Cómo hago para intentar aceptarlo y dejarlo ir? En principio tengo claro que debo centrarme en lo que hago, eso es blog y novela. Dejar de obsesionarme con publicar en redes: estará bien si publico diez, tres historias o ninguna. Nadie va a morir, ni siquiera yo. Sin embargo, este apego mío al resultado y a sentirme valorada no viene únicamente de las redes sociales, pues me ha pasado siempre, y yo ya existía antes que ellas, aunque la tersura de mi piel os lleve a engaño (guiño, guiño, carita sonriente). Seguiré bicheando por San Google a ver qué encuentro.

Seguramente la clave se encuentre en los consejos que me da mi entorno, en el que también están mis influencers de cabecera, y en lo que cada mañana escucho en mi meditación diaria: mantenerme en el momento presente, sin expectativas, solo valorando lo verdaderamente importante, que no es otra cosa que mi respiración. Mi algoritmo, que solo yo entiendo. Seguir aquí. Escribiendo. Viva.

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