Queremos buscar una explicación para tal barbarie. Y la hay. No es locura, no es ningún trastorno. Es violencia de género, que engendra en su interior muchos tipos de crueldad, entre ellas la violencia vicaria: una de las formas más brutales que adopta, en la que utiliza a los hijos para infligir dolor hacia las madres.

Ya he escuchado o leído comentarios del tipo: «las mujeres también usan a los hijos para putear a los padres». Cierto.

La maldad no tiene género, ser mujer no te convierte en buena persona, pero estamos hablando de otra cosa, que es lo que parece que no se entiende o no se quiere entender.

Lo que hay sobre la mesa es el patriarcado: ese sistema mundial anquilosado durante cientos de años en el que tod@s, hombres y mujeres, hemos sido criad@s. Este abominable sistema es el que auspicia, dentro de la maldad ya existente en estos machos, la superioridad moral para con la mujer: lo que ellos entienden como humillación por parte de la que fue su pareja, porque ya no desean continuar la relación y rehacen su vida, en el mejor de los casos.

Estos seres que nos cruzamos a diario por la calle no son enfermos mentales, por mucha tranquilidad que nos dé pensar esto y, una mayoría, no llegará a hacer lo que ha hecho esta bestia con dos niñas (me niego a decir que fueran sus hijas: un padre no hace eso). Pero amenazan, ejercen violencia psicológica y/o física; piden la custodia compartida por puro egoísmo, porque saben que sus parejas los conocen y van a estar angustiadas mientras sus hijos o hijas están con ellos. No quieren disfrutarlos: se trata de generar ansiedad, única y exclusivamente, porque así ejercen el control que el sistema les ha otorgado por los siglos de los siglos.

Dicho por psiquiatras forenses son seres ególatras, egoístas, narcisistas que no les importa nadie, solo su propia satisfacción.

Definían a este ser como competitivo, un ganador. Y ha ganado, vaya que sí.

Ha conseguido destrozar la vida de su expareja. La ha tenido a su merced y siempre lo tendrá presente, durante toda su vida. Su intención seguramente era que jamás apareciese ningún cuerpo, para mantenerla en esa angustia permanente, recibiendo su total atención para siempre. Control.

¿Tiene un hombre que avergonzarse por ser hombre? Claramente no. ¿Debe avergonzarse por alguno de sus comportamientos? Sí. Igual que lo hago yo. Yo también he sido y soy -aunque cada vez menos- machista, porque es imposible no serlo. Hemos sido educad@s en ello. Pero en lugar de echar balones fuera, debemos abrir bien los ojos y las orejas, para darnos cuenta de lo que decimos y lo que pensamos: ojo a cómo actuamos.

Siendo conscientes de que estamos programados podremos desaprender.

Es la única solución y pasa por la educación. Desde pequeños, en casa y en el colegio. Educar en igualdad no es hacerlo en el odio hacia lo masculino, sino en integración y libertad. Libertad para ellos, encorsetados en esa no emoción y en ser fuertes, muy fuertes. Libertad para las mujeres, sometidas durante siglos por el hecho de serlo. Como ejemplo Elena Maseras, la primera mujer en matricularse en una universidad española. En el año 1872. Hasta 1931 no pudimos ejercer nuestro derecho al voto, simplemente porque no lo teníamos. Hace menos de un siglo.

La igualdad no existe actualmente. No mientras vaya por la calle y me toquen el culo. No si tengo que dar un rodeo para no pasar por delante de un grupo de machos -no de hombres- porque sé que me la van a liar. No mientras se crean con derecho de decir y hacer porque ellos son machos y tú, hembra. No si en un mismo espacio, molestemos y hagan -aunque sea de manera sibilina- lo imposible para que salgamos de ahí para no volver. No mientras su masculinidad dependa de nuestra sumisión.

Porque eso no es ser hombre. Es ser un macho potencialmente peligroso y que, apretando ciertas teclas, puede llegar a matar. No son monstruos sacados de una película de ciencia ficción: son producto de esta sociedad que aplaude, anima y ríe al macho. Ese que cualquier hombre del siglo XXI rechaza porque le genera el mismo asco que a nosotras. Por ahí es.

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