Siempre me recuerdo escribiendo. A lo largo de toda mi vida.

Ya en 1º de EGB le escribía cartas a mi maestro para contarle las cosas que me pasaban: le cogía a mi padre unos “folios bonitos” que guardaba en su portafolio de piel y escribía. Después le dejaba la carta encima de la mesa, cuando no me veía (o eso creía yo).

Tras mi rebelde adolescencia, me licencié en Historia, me saqué el CAP (hoy Máster en Educación) y estudié un Máster en Estudios Hispánicos. Nunca pensé en opositar (que es lo que la mayoría hace, en mi carrera en particular y en mi ciudad/país en general).

Nunca me llamó ser funcionaria.

Cuando acabé el Master, junto con compañeros y algunos profesores de la Universidad, montamos una startup, pero cuando comenzaba a despegar llegó la crisis y se fue a tomar viento.

Mis pasos me llevaron a la hostelería. Fui una total desgraciada desde el primer día. Dejé de escribir. De escuchar música. Casi dejé de leer. Quería salir de ahí, pero no veía cómo. Estaba agotada. Física, emocional y psicológicamente. Entonces, en  febrero de 2017, creé este blog. Necesitaba soltar lastre por algún sitio y esta fue mi válvula de escape.

Finalmente, tras siete años en la hostelería, tuve el valor de salir de esa zona de confort que me ahogaba. Una de las mejores y más complicadas decisiones que he tomado en mi vida. Pero una cosa: en esos años aprendí mucho, muchísimo. Sobre mí y sobre las personas y sus comportamientos. No sería la que soy hoy sin esa experiencia.

Tras tomar varios caminos en los que realmente tampoco escuchaba a mi interior, en el verano de 2019 la vida me dio una buena hostia y me paró en seco. Y entonces pensé, de verdad, sinceramente, qué quería hacer con mi vida.

Y aquí estoy, escribiendo, pensando, aportando, escuchando y observando. Por primera vez mis tripas no me dicen “por aquí no”. Al contrario.

Siento una satisfacción continua, y estoy tan contenta que a veces no me lo creo. Tengo mucho que hacer, mucho, muchísimo que trabajar. Pero no me da miedo. Al contrario. Si pude estar 15, 16 ó 18 horas trabajando sin descanso en algo que odiaba, obviamente también podré hacerlo en algo que me gusta. Cansada, sí. Pero fluyendo.

Escribir siempre ha sido mi tabla de salvación: de mí misma y del exterior.

Siendo coherente.

Nada más existe cuando escribo esto.

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No hay nada más cuando me derramo sobre una página en blanco.

La línea de mi vida la he trazado con una libreta y un bolígrafo. Me perdí, pero siempre estuve.

Yo, Escritora.

Isabel Galindo

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