Una de las enfermedades “invisibles” que acosan a nuestro privilegiado Primer Mundo es la sobrealimentación y la mala alimentación: comemos de más y/o comemos mal. Esto es algo que la mayoría ya hemos escuchado en más de una ocasión. La cuestión es por qué.


¿Por qué comemos de más?

¿Por qué si no comemos en el momento que creemos sentir un poco de hambre, estamos seguros de que desfalleceremos? ¿Por qué se culpa a las personas con sobrepeso, como si las únicas responsables de su gordura fueran ellas, y no un sistema que manipula, engaña y nos convierte en yonkis de la comida?


La industria farmacéutica y alimentaria nos quiere enfermos e ignorantes. De hecho, invierten el dinero y los mecanismos a su alcance en que así sea. Tengo la información, la experiencia y los datos suficientes como para forjarme esta opinión. Pero quien quiera tacharme de conspiranoica puede hacerlo sin problema. No me importa lo más mínimo. El fin de este artículo que escribo es intentar despertar alguna consciencia (cuantas más, mejor). Me interesa la reflexión, no pelear por llevar o no razón. No te creas lo que expongo. Averigua, experimenta.


Aclarado esto, y si has decidido continuar leyendo, voy a intentar explicar en este artículo dónde creo que está la base de todo, y que da título a este texto.

Nuestros antepasados vienen de la hambruna: II Guerra Mundial en Occidente, en general; y una Guerra civil en nuestro país, en particular. Y sí, guerras, malas cosechas y epidemias ha habido siempre a lo largo de la historia. Pero nunca, jamás, hemos contado con esta cantidad y variedad de alimentos como las que tenemos ahora. Si mezclamos ambas cosas (el miedo al hambre y la disponibilidad infinita de comida) tenemos la tormenta perfecta en la que nos encontramos imbuidos.

Si a esto le unimos el bombardeo constante de comida basura, a todas horas, en todas partes, el sedentarismo (como si moverse fuera una opción y no una necesidad biológica) y la desconexión espiritual con nosotros mismos y los demás, aquella implacable tempestad se transforma en un infierno donde unos pocos hacen su agosto, mientras una gran parte de la población enferma de diferentes maneras: enfermedades metabólicas, cardiovasculares, neurodegenerativas, autoinmunes y cáncer. Elige la que más te guste.


Obviamente el cuerpo enferma: es perecedero porque estamos fabricados de materia. Y muere. Sin embargo la elevación exponencial que han tenido las enfermedades antes mencionadas no son en muchos casos “naturales”, sino provocadas por un estilo de vida que no está hecho para nosotros, por más cómodo y sabroso que nos resulte.


Pero volvamos a la raíz de todo, que me disperso. Debido a las guerras anteriormente mencionadas se solaparon los conceptos “hambre de guerra, de verdadera escasez” con “hambre de sentir el estómago vacío”. Son dos «hambres» totalmente diferentes y, sin embargo, las hemos hecho iguales en un mundo repleto, por primera vez en la historia, de comida hiperpalatable y adictiva.


La primera definición de “hambre” sí es peligrosa: conlleva desnutrición e incluso la muerte; el ser humano lleva huyendo de ella toda su existencia y está programado para hacerlo. La segunda, es simplemente un indicativo de que el estómago ha terminado de hacer la digestión. Y hay que dejarlo descansar, que nuestro organismo se limpie, no ir corriendo a llenarnos otra vez. Mencionando a Arturo Castillo, de Arturveda: “El ser humano puede comer. Puede comer. No nació para estar comiendo todo el rato”.

Tienes hambre, no pasa nada. Si no hay enfermedad, como por ejemplo una diabetes, puedes pasar un par de horas más sin comer (o más) y tu salud no se va a ver perjudicada, más bien todo lo contrario. Tenemos una nevera y un mueble (o varios) repletos de comida, o un supermercado (o varios) a tiro de piedra. E Internet. Pero no entendemos que no sea malo alargar las horas sin ingerir alimento, porque hemos identificado desde pequeños que (aquí vuelvo a referenciar a Arturo) «comer es sinónimo de vida».

Sin embargo, esto no es cierto. Es una creencia que viene de ese mundo en carencia y horror, pasada de generación en generación, y suministrada a nosotros por nuestros padres: en un mundo donde además la gestión emocional brillaba por su ausencia, alimentarnos ha sido (y en muchos casos sigue siendo) su manera de darnos amor. Ahora adultos aceptamos ese amor, pero no tenemos por qué hacerlo bajo la manipulación de la comida. Aunque su intención sea buena.


Y es que intentar darnos cariño con la comida (ya sea desde otra persona o hacia nosotros mismos) es una engañifa que, encima, nos enferma.

Sí, claro que está bueno. Claro que no pasa nada por un día hacer una excepción, si no sienta mal. Sólo hay que plantearse si está tan rico como para que merezca la pena. Ese momento, esos segundos de saborear, por esa pesadez que dura horas y que «hace cosas» en nuestras tripitas, que están conectadas a todo lo que somos. O quizás años de una enfermedad, que todavía tardará en llegar.

Seamos dueños de nuestras decisiones. Sé dueño de lo que le das a tu cuerpo, el único que tienes y te acompañará hasta que mueras.

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