Pertenezco a esa generación del primer mundo, heredera de nuestros padres y abuelos, en la que dedicarlo todo únicamente al trabajo era (y, en muchos casos, todavía es) lo más importante de la vida. Un único y sólido pilar. Así lo aprendieron ellos y, con todo su amor (que a veces no sabían expresar), nos los transmitieron a nosotros: si trabajas duro y te enfocas en tu profesión, progresarás en la vida, haciéndola más cómoda y agradable. Y tendrás un status: serás «alguien». Y, hasta cierto punto, así es.

Sin embargo, por desconocimiento, en aquellas enseñanzas quedaban relegadas al olvido el resto de patas que soportan la mesa. Y es que todo lo que no tuviera que ver con el ámbito laboral se veían como cosas superfluas, sin importancia, para vagos o débiles. O ambas cosas. Además, el trabajo debía ser, y sobre todo parecer, serio. Nada de profesiones nuevas, extrañas o faranduleras. «De eso no se come». «No se puede vivir de eso». «Tienes que tener un trabajo de verdad». Y esas afirmaciones venían, las más de las veces, desde el cariño y la preocupación porque sus hijos e hijas pudieran ganarse bien y honradamente la vida.

El problema está en poner todos los huevos en la misma cesta. ¿Qué inversión puede ser más importante que la del tiempo que disponemos para vivir? Está claro que si quieres conseguir sentirte satisfecho con tu existencia, tienes que hacer esfuerzos, sacrificios, ser persistente y tenaz en el trabajo (el recurso es importante, vivimos en base a él). Ello no garantiza que consigas exactamente lo que quieres, pero estarás en el camino de algo que puede que se le parezca, y te encante. Porque tu profesión, a la que vas a dedicar tantísimas horas, debería encantarte. Aludo aquí a unas sabias palabras de Alejandro Sanz: «la constancia inconsciente, que podría ser el equivalente a la búsqueda obsesiva sin esfuerzo, o lo que se define como amor». El amor a aquello que adoramos hacer, en que el tiempo vuela, pero que requiere además de tesón y talento.

«El esfuerzo es importante, y no es negociable». Bien, eso ya lo tenemos interiorizado hasta la médula. El legado interesante, el que no se ve ni se siente a simple vista, es ponernos delante de las narices los resultados de dedicar los sudores de toda la vida a una única cosa: el trabajo (dentro o fuera de casa).

Además, no podemos pasar por alto que, en pocas décadas, se han desarrollado una cantidad de comodidades, tanto tecnológicas como alimenticias, ni soñadas hace menos de un siglo. Son maravillosas, pero tienen trampa. Más adelante explicaré por qué.

Como seres humanos tenemos diferentes parcelas, y todas son importantes para sentirnos plenos y, lo principal, mantenernos sanos. La Cábala lo explica muy bien en su Árbol de la Vida: debe haber un equilibrio dinámico en cada una de nuestras ramas, porque si no se acaba enfermando. Puede ser una enfermedad mental, física, degenerativa o social (la soledad, cuando no es escogida).

Lo estamos viendo en muchos de nuestros mayores. Las enfermedades, sobre todo degenerativas, están a la orden del día y, aunque en algunos casos la genética juega un papel rotundo e incontestable, la realidad es que en una mayoría de la población son los hábitos (con un 75% de importancia, sobre el 25% de la genética, en general) los que marcan la diferencia entre un envejecimiento sano o no.

Pero si estas generaciones se han desarrollado en las creencias de que moverse, hacer deporte, caminar, tomar el sol, mantener relaciones sociales sanas, alimentarse por necesidades nutricionales y no por apetencias, o evitar la información tóxica, son «tonterías que no sirven para nada» es complicado (aunque no imposible) que lo integren ya en su madurez. Aquí está la trampa: esas necesidades vitales requieren un esfuerzo (que las comodidades nos hacen más difícil de ejecutar), y la recompensa no suele ser inmediata ni genera recursos externos; mejora y mantiene los cuerpos y las mentes a medio-largo plazo, pero no se ve claramente. Al menos no en el momento.

El resultado es, en no pocas ocasiones, un envejecimiento patológico, que vemos en personas que peinan canas hace ya algunas décadas. Que se han esforzado hasta la extenuación durante toda su vida, y ya no quieren o no pueden hacerlo más. Su sacrificio siempre estuvo enfocado al trabajo, a mantener y cuidar de la familia; a lo externo, a los demás. Nunca a su interior, ni mucho menos a ellos mismos. Nadie se lo enseñó; no había nada que les mostrara la importancia de estos asuntos para envejecer con los menos achaques posibles. Y ahora, cuando según sus creencias, se supone que al fin tendrían una vida apacible, la enfermedad lo impide. Y reclama más empeño. Y no entienden cómo la vida les pide más esfuerzo, con todo lo que han trabajado ya. Nadie se lo explicó. Y nosotros, a través de ellos, estamos despertando.

No es justo. Claro que no lo es. Y cuanto más injusto nos parece, mayor es el aprendizaje que nos trae. No solemos aprender en cabeza ajena, pero cuando vemos en nuestra propia familia o en personas muy cercanas y queridas este sufrimiento, se nos queda anclado en nuestro ser, formando parte ya de lo que somos.

¿Qué hacer con este dolor? Por supuesto, sufrirlo, atravesarlo. Llorarlo. Es normal sentir rabia, impotencia, hacernos preguntas sin respuesta, estar tristes y quejarnos. Pero, ¿después qué?

Sí, es cierto, podemos quedarnos ahí eternamente. Pero entonces no habremos aprendido nada. El dolor sólo habrá servido para proporcionar sufrimiento. Y ese no es su fin último. El fin último del dolor es que el ser humano evolucione. Y es en estas circunstancias cuando más se crece. Es duro, ojalá no fuera así pero, de momento, es de esta manera como funcionamos. Tras saber que me dolió, surge la maravillosa pregunta: «¿Qué aprendo de esto? ¿Para qué ha servido?» Para darnos cuenta que el esfuerzo hay que distribuirlo, que de nada sirve focalizarlo exclusivamente, durante toda la vida, en el campo profesional.

Mantener un equilibrio en nuestros afanes: trabajo, socializar, ocio, deporte, alimentación y espiritualidad no nos garantiza 100% envejecer sin patologías graves. Pero sí reduce muchísimo que esto ocurra, y nos da la tranquilidad de que hemos hecho lo que estaba en nuestra mano. Ya lo que esa parte de la vida azarosa nos depare, no podemos controlarlo. Como no podemos controlar que salga el sol cada día.

Lo que vemos de nosotros está fabricado de materia: nuestra mente y nuestro cuerpo lo son. Por lo tanto, físicamente somos tan perecederos como un huevo o una manzana. Pero no somos el cuerpo. Ni la mente. Somos una cosita pequeña, una voz sutil, que apenas escuchamos en este mundo donde el ego ha tomado todo el protagonismo, que nos lleva y nos trae por donde quiere, identificándonos enteramente con la materia y alejándonos de lo que somos de verdad. Lo que en realidad somos es esencia, alma, supraconsciencia, energía, espíritu. Hay muchos nombres, usa el que te sea más cómodo. Somos un microuniverso dentro del universo infinito que, cuando la materia muere, permanece.

Por tanto, el cuerpo y la mente hay que cuidarlos porque son materia (y recurso, el más importante que tenemos, de hecho), y se estropean: son el vehículo en el que viaja nuestra esencia (nuestro verdadero yo), recorriendo la vida. Por eso, mostrarnos tan claramente qué sucede al poner todo nuestro ahínco en nuestra profesión, con exclusividad y a perpetuidad, como han hecho nuestros padres y abuelos, es una enseñanza brutal. Es, sin duda, uno de los mayores regalos a la humanidad porque, con toda su generosidad, nos están mostrando qué ocurre cuando hacemos eso. Nuestros padres y abuelos, nuestras madres y abuelas nos obsequian una evolución trascendental en el ser humano. Nos están devolviendo una sabiduría ancestral, que se diluyó en el tiempo, y que no es otra cosa que la amplitud de la vida, lo que nos abarca por dentro y por fuera, y que todas sus ramas son importantes.

¿Este despertar es para todos? Ahora mismo lo es para aquellas personas que puedan y quieran verlo. Y acogerlo. Y es que, como ha pasado a lo largo de la historia, los humanos no hemos evolucionado al unísono. Es como cuando empezó Internet. Al principio no disponía de esta herramienta casi nadie, y hoy lo tiene casi todo el mundo en su mano. Lo mismo ocurrirá con este regalo que nos hacen. Habrá personas a las que el dolor no les permita ver más allá. Que su enojo no les deje avanzar. No pasa nada, quizás no sea su momento, o necesiten más tiempo. Sin embargo, puede que su comportamiento sí inspire el despertar de otra persona de su entorno.

Abrazar esta ofrenda y agradecer todo este aprendizaje con su dolor, es lo que nos hará libres. ¿Y quién no ha soñado con volar?

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