No es la primera vez. Ni será la última.
Esta sensación de estar encerrada en una jaula con barrotes muy separados, y la portezuela abierta. «Pues vete…», me susurra. Como si yo hubiese sido gaviota alguna vez.
Estoy más que harta de esta ¿ciudad? que no cambia, ni evoluciona. Que lleva indolente desde que tengo uso de razón. Escuchando la misma cantinela desde siempre. Y vuelta a empezar.
De ver el potencial que tiene y que nunca, jamás, se desarrollará. Lo sé. Durante muchos años he tenido la esperanza de que eso cambiaría, que en algún momento lo haría, pero no sucederá. Ya tengo la certeza.
Ojalá me equivocase.
Simplemente unos y otras van colocando parches, con mejor o peor intención, cada cual de un color y un tejido distintos, que no casan, haciendo imposible una integración completa de lo que la ciudad podría ser. Y que nunca será. No hay una visión total para una posible ejecución que llevaría muchos años. No hay disposición, o es tan pobre y tan escasa, que la frustración asoma la patita más pronto que tarde. Como diría el Capitán, «Cádiz le quita las ganas a cualquiera». Hasta al más pintado, añado.
«Es como si el tiempo se hubiese detenido», me dicen siempre amigos que son de aquí, pero viven en otros lugares. Y noto que eso les aporta cierta tranquilidad, y lo entiendo: les da la sensación de que la ciudad es una especie de santuario que desafía al mundo, que no han abandonado del todo su raíz; ésta permanece intacta a los temporales del Levante, del Poniente y de la madre que los parió. Pero el tiempo sí que pasa. Ya te digo si pasa… Y «el que deja pasar», como diría (de nuevo) Juan Carlos Aragón. Lo mejor y lo peor que le ocurre a Cádiz somos los gaditanos. Pero lo peor pesa como una losa ciclópea: somos víctimas, pero también victimistas y verdugos. Y qué gusta ver una cabeza rodar… Cortando la excelencia y manteniendo lo mediocre.
Esa sensación de caminar por una ciudad que lleva décadas disecada, que es peor que muerta porque así, de lejos, pareciera que está viva, pero te mira con gesto extraño. Porque no es más que una terrible mentira que únicamente se ve de cerca; y sólo la percibimos algunos de los que vivimos aquí: sabemos hace mucho que ni resopla. Quizás la sentí alentar de niña… O ni eso.
En Lo que el viento se llevó, Escarlata acusa a Ashley de vivir en un mundo que ya no existe: «El Sur está muerto, Ashley… Ya ni alienta». Sin embargo, ese Sur vivo, exultante, que fue todo lo que pudo ser, fue. Existió. ¿Quién puede contar en primera persona si alguna vez Cádiz fue lo que pudo ser? Nadie. Lo fue, pero hay que mirar en los libros de historia, de lejano que nos queda.
La ciudad aparenta que respira, con su luz resplandeciente y su cielo azul rabioso, sus casas palacio, su catedral con el mar de fondo, sus calles para pasear… Pero no es más que su propia pantomima… A veces, hasta me dejo engañar, tales son las ganas que tengo de creer. Y me parece sentir como sus entrañas laten. Sin embargo, hace mucho, no sé cuánto, que su corazón se paró.
Como se parará, en algún momento, el mío.
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