Doña Angustias odia el verano. Así, del tirón, sin contemplaciones ni paños calientes… Vamos, lo que le faltaba… Un trapo húmedo y calentorro en el cogote.

La Ansiedades no soporta el verano por varias razones:
– No tolera la calor, la deja sin energía, aplatanada y con mal cuerpo. A veces, incluso, se pone enferma.
– Le disgustan los bichos, sobre todo los mosquitos (que siempre le pican a ella) y las cucarachas, de las que le da asco hasta el nombre, y por eso las llama cucamonas.
– Las aglomeraciones le parecen una tortura entre medieval y china; los turistas maleducados la sacan de quicio y provocan su odio más visceral por el ser humano, rogando la extinción.
– La playa se llena de entes que no respetan el más mínimo resquicio espacial y vital, a pesar de que ella, las pocas veces que va, siempre busca un hueco lo más alejado posible, y donde no haya nadie alrededor, en 360 grados. Da igual. Nadie lo respeta. Se le ponen casi encima de su toalla con la niña de tres añitos, o le plantan cerca del dedo gordo del pie la sombrilla, o colocan rozando su oreja el altavoz con la música preferida del ente a toda pastilla. ¿Cascos, eso qué es? Mejor animar la playa con esa música del demonio, que el sonido de las olas del mar aburre a las ovejas. La boca de la Ansiedades maldice como si no hubiera un mañana.

Negra termina siempre… ¡Negra! Achicharraíta. Y no por el sol; doña Angustias siempre usa protector solar.

No olvida que, hace bastantes veranos ya, estuvo a punto de morir de un infarto. Estando sentada en su sofá del salón después de cenar, mientras veía alguna mierda en la televisión, por el rabillo del ojo notó como algo se movía por el suelo… ¡Era una MEGACUCAMONA! ¡Un dinosaurio cucarachil! Pensó, horrorizada, que habría entrado por la ventana del pasillo. Su cuerpo comenzó a temblar y supo que tenía que actuar con rapidez, no podía dejar que se ocultara. ¡Tenía que aniquilarla! Pero sin poner en peligro su integridad física… Imposible compartir espacio con semejante okupa.

Fue rápidamente a la cocina a coger una fiambrera para taparla, para evitar que se escondiera, mientras ella tomaba las fuerzas necesarias para eliminarla pero, al volver al salón, se dio cuenta que tenía que acercarse demasiado, así que abortó la primera misión «PACAB» (Poner A Cubierto Al Bicho). Volvió a la cocina y, mientras balbuceaba palabras ininteligibles, sacó el insecticida y cogió el palo de una escoba.

Mientras notaba cómo la tensión ponía rígido todo su cuerpo, la Ansiedades volvió al espacio en cuestión a lo gladiadora romana, con el palo de la escoba por delante, como si éste le proporcionara una especie de velo invisible que hiciera imposible que la cucamona le pudiera atacar o, peor aún… ¡Que echara a volar hacia ella! ¡Aaaaaaarggggg! Tomó aire, agachó un poco su cuerpo, agitando con la mano que le quedaba libre el bote de veneno y, mientras gritaba «¡Muereeeeeeeee!» disparó, cual bandolera del Medio Oeste Americano, casi medio tarro de los grandes encima del bicharraco, haciendo que el suelo se pusiera blanco de la cantidad de producto desparramado.

Cuando todo hubo acabado, doña Angustias sintió que seguía temblando: notaba como si su cuerpo se hubiera enfrentado a un león hambriento. Se desplomó en el sofá, derrotada y triunfante, no sin antes cerrar todas las ventanas, aun a riesgo de morir asfixiada por la calor.

Resumiendo: el esfuerzo que doña Angustias realiza durante todo el año para mantenerse zen, cuando llega el verano, se esfuma; la espiritualidad se le evapora de los chakras con la calor. La calor. El calor es medianamente soportable. La calor, no. Esta última le impide, como a mucha gente, descansar como quisiera y debiera, cosa que la emberrincha todavía más, creándose un ciclón de destrucción a su alrededor: el mal humor y la irritación pululan en derredor como un torbellino.

La otra noche, en la que no entraba por su ventana ni una gotita de aire, le despertó la calor. «Deben ser ya las seis de la mañana», pensó. Pero con gran alegría comprobó que sólo eran las tres.

Se levantó para ir al baño y, ¡oh, sorpresa!: una pequeña cucamona la esperaba al lado de la bañera. «¡Maldita hijaputa!», susurro, mientras cortaba un trozo de papel higiénico para aplastarla, entendiendo que por su escaso tamaño no se ponía en peligro. Pero, orinando como estaba, no calculó bien y, al golpearla con el papel del váter, la cucamona que, aunque pequeña ya sabía latín, se le escapó, ocultándose detrás del bidé. Doña Angustias maldijo en arameo y se acordó de todos los muertos cucarachiles, que son muchos a lo largo y ancho del mundo. «Ya me desvelao, cagontó», se dijo. Estuvo mirando por todas partes, pero la susodicha parecía haber sido abducida por la nave nodriza. Salió del baño y cerró la puerta, sabiendo que ese mal bicho se colaría por donde quisiera si se le antojaba.

Se acostó boca arriba… No podía dormir. La calor, sus pensamientos… «¿Y si la mu hijaputa ha venío aquí a reproducirse y aparecen má por tos lao?» La Ansiedades comenzó a rascarse la cabeza. «Venga, queeso no va ocurrí, era mu chica, duérmete, y mañana echo insecticida como pa un regimiento, y yastá».

Tras más de media hora dando vueltas, la Ansiedades comenzó a quedarse dormida, pero… Le empezó a picar el brazo con mucha insistencia y entonces… Lo escuchó. ¡Un puto mosquito! Se levantó de nuevo, ya más cabreada que una mona, para enchufar lo que «los mata bien muertos», según el anuncio de la tele, y fue de nuevo al cuarto de baño a echarse agua oxigenada en las picaduras. Tenía cuatro bien hermosas: una en cada brazo y dos en la frente. Se había dado un buen festín, como si ella fuera el buffet libre de un hotel de cuatro estrellas en Sancti Petri… Volvió a mirar por si veía a la pequecucamona, pero nada.

Se acostó de nuevo, tapada con la sábana hasta el pescuezo a pesar de la calor, porque si no sabía que el pequeño chupóptero volvería a por más. Escuchó cómo le sobrevolaba la cara un par de veces, espantándolo a ciegas con la sábana y sus brazos, hasta que al rato ya, por fin, no volvió. Doña Angustias miró el reloj… Eran las cuatro y media. Y todavía tardaría un poco más en coger el sueño.

El verano, suspiró, esa estación maldita que los retromonguers y subnormales profundos se pegan todo el año esperando a que llegue, se decía a sí misma mientras caía en brazos de Morfeo.

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