Hola,
el pasado verano me hice un «retiro casero». Y comprobé que dos días sin pantallas dan para mucho.
Avisé a mi gente cercana, hablé con mi pareja (que en esa época trabaja mucho y apenas nos vemos) y decidí quedarme dos días sin hacer ninguna obligación. ¡»Quereseres» fuera! Nada de la casa, ni ir a comprar, hacer la comida… Nada de estar todo el día dando vueltas al contenido, a qué escribo, qué grabo, cuándo lo hago… Nada. Sólo mantuve el deporte.
Y dejarme llevar a lo que me fuera surgiendo.
Surgió la lectura y, sobre todo, la escritura. Madre mía, qué manera de escribir. Y no lo hacía por obligación, sino porque era lo que me pedía el alma.
Aparte de esto, me di cuenta de que a pesar de que creia que echaría mucho en falta las redes sociales, lo que más eché de menos fueron las plataformas: ponerme a ver series mientras comía, después de la cena… Esos ratitos que, en realidad, son bastante más que «ratitos», y me quitaban mucho tiempo de lectura y, también, de escritura. Y de libertad mental y espiritual.
Otra cosa que eché de menos fue el poder contar a mi círculo cercano las cosas que me pasaron esos dos días, aunque nada extraordinario, por otro lado.
Por supuesto, constaté el precioso tiempo que me robo a mí misma navegando en Instagram y demás redes. O haciendo el chorra mirando cualquier cosa que se me ocurriera. Es lo que tiene el acceso a todo. Que dejo de estar disponible para mí.
Tenía cero ganas de poner el móvil operativo. Dos miedos: a que hubiera muchos mensajes y cosas, y a que no hubiese nada.
Como colofón me di cuenta, en una visita turística improvisada en mi propia ciudad, y en la que buscaba silencio y quietud que, precisamente eso, era lo que más necesitaba. Y no lo encontré.
En las iglesias, recurso que se me ocurrió y que fue el que me llevó de ruta turística, no solo ya no hay silencio auditivo (siempre hay alguien hablando y/o alguna música sonando), sino tampoco silencio visual.
Silencio, calma. Equilibrio. No lo encontré en casi ningún momento, ni siquiera en mi casa. Siempre había ruidos, voces… Sólo cuando escribía. Entonces todo se paraba y el silencio entraba en mí. ¿O quizás salía? Pero llegaba un momento en que, obviamente, necesitaba descansar. Y, ahí, el silencio que tanto anhelo se volatilizaba.
¿Y tú? ¿Has necesitado alguna vez de ese silencio? Te leo.
Con cariño,
Isa
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