Hola,

el otro día, mientras paseaba junto a una balaustrada que da al mar, contemplé de lejos un montón de pompas de jabón.

Debo decir que las pompas de jabón son magia e infancia para mí a partes iguales: me trasladan a mi niñez y una felicidad inexplicable.

Conforme me fui acercando a la niña pensé: «Vaya habilidad tiene para hacer tantas pompas…» Incluso pensé, en mi inocencia, que estaba usando la leve brisa a su favor para que las pompas salieran con mayor velocidad.

Pero nada más lejos de la realidad.

La triste verdad era que la niña portaba una maquinita que, con sólo apretar un botón, salían disparadas muchísimas pompitas de jabón, a las que ella ya había dejado de prestar atención.

Y sentí mucha pena. Porque esa niña, quizás, nunca llegará que saber ni a sentir la satisfacción infantil de crear tú sola, con el único uso de tu habilidad y tu aliento, una pompa de jabón. Y, flotando cómo estaba en mi niñez, volvió a mi memoria el poema de Ruben Darío, Margarita está linda la mar, que copié siendo una niña en mi minúscula libreta de tapa azul. Quizás por la ilusión de Margarita de ir a coger esa estrella de aquel azul que, según su padre, no había que tocar.

Por esa ilusión de ella:

«Yo me fui
no sé por qué;
por las olas

y en el viento
fui a la estrella

y la corté.”

Me recordó a la mía con las pompas de jabón. Y de cómo me encantaba escuchar y recitar este precioso poema. Tanto como soplar y que la pompa se fuera formando…

El coraje que me daba cuando parecía que salía, pero al final explotaba, llenándome la cara y las manos de gotitas de agua: una manera preciosa de comenzar a tolerar la frustración. El orgullo y la felicidad cuando se completaba, como si de pronto me hubiera convertido en maga: desprendiéndose del plástico redondo dónde comenzó a nacer, toma vida propia. Y vuela, libre.

¿Y tú?
¿Recuerdas tus pompas de jabón?
¿Y el poema de Rubén Darío? Te leo.

Con cariño,
Isa

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