El último trabajo de Rosalía, Berghain, me ha dejado en un silencio que sólo el arte provoca: ese en el que una se queda mirando y oyendo en bucle, sabiendo que ha entendido y sentido, pero sin encontrar las palabras para explicarlo.

De lo primero que vino a mi mente fue: «Flipad y bebed todos de Ella».

Musicalmente me parece una genialidad que traspasa el alma y la saca hacia fuera, poniendo los vellos de punta. Una Bohemian Rhapsody del siglo XXI. No porque la imite, sino porque, como aquella, rompe moldes y trasciende géneros.

Antes de comenzar a analizar, quiero dejar claro que este artículo representa lo que yo interpreto en Berghain. No he querido leer nada más para no «contaminar» mi opinión. Sé que las únicas personas que tienen todas las claves serán Rosalía y su equipo. Pero hay tanta simbología, tanta belleza y espiritualidad, dice tanto en tres minutos y medio, que no puedo hacer otra cosa que escribir sobre este universo donde belleza y dolor se confunden.

Para comenzar creo que es importante conocer de dónde se parte. Cuando Rosalía acabó su última gira, su vida personal estaba bastante trastocada por el final, parece que tortuoso, de su relación de pareja. Hacía pocas intervenciones públicas, y siempre vestida de negro. Eso me llamaba mucho la atención. Parecía que estaba de luto por lo ocurrido. Y ahí, en mi opinión, fue cuando comenzó a gestarse Lux. Al ir pasando el tiempo, comenzó a combinar el negro y el blanco, o vestía de gris. Curiosamente, los tres colores con los que aparece en el videoclip.

El video comienza en su casa, donde vive físicamente, no hay nada extraño, y va vestida de negro. La música, curiosamente, comienza a sonar cuando se hace la luz (descorre las cortinas). Es como si la música hubiera sido la que la sacó de su letargo, de su duelo.

Hay la figura de una virgen sobre el mueble. Sus sandalias están decoradas con una cruz. Aquí quiere dejar claro que el cristianismo es un pilar para ella, que la mantiene en pie. El colgante del corazón sin cadena: está suelto, no puede ponérselo. Simboliza su corazón, y está abollado, ¿pisoteado?, por la parte de atrás, la que se supone que no se ve.

Durante esta escena, realiza tareas del hogar (plancha, lava, hace la cama) con un tedio inmenso, como si le pesara muchísimo, como si estuviera obligada a cumplir esa función, pero no quiere hacerlo. Plancha una prenda roja, ya vestida de blanco: podría representar la pasión, pero una que ya no le pertenece, extinguida. La hastía. Da la sensación de que la orquesta representa la ansiedad y sus pensamientos intrusivos, que la acompañan a donde quiera que vaya: su casa, la calle, el autobús, la consulta del médico.

En esta primera parte se canta en alemán, tanto el coro como ella (con esa voz increíble que tiene, y que llega al fondo de todo lo visible y lo invisible). En todo el fragmento coral se repiten las mismas frases, referidas al miedo, la ira, el amor y la sangre. En la parte que canta ella habla de que «una llama penetra en mi cerebro», ¿quizás una luz que podría ser la presencia de Dios, o esa chispa interior que ilumina en mitad del duelo? Añade que se siente «como un peluche de plomo», suave y rígido, ahora mismo le pesa la espiritualidad, «guardo muchas cosas en mi corazón, por eso es tan pesado».

Cuando comienza la letra en español muestra toda su vulnerabilidad y, además, vuelve a percibirse agotada: «Yo sé muy bien lo que soy, ternura pa´l café…». Está cansada de darse cuenta de lo que los demás creen que es. Muestra la consciencia de su fragilidad o su punto débil «sé que me funde el calor». Pero la frase que condensa el núcleo espiritual es: «Sé desaparecer, cuando tú vienes es cuando me voy». En ella se revela la rendición del ego ante la luz interior. Hace referencia a la espiritualidad, a su esencia: cuando ésta aparece, su ego se esfuma.

Pero continua perdida y enferma: aparecen diferentes escenas aquí. En una consulta médica, enchufada a una máquina que controla su corazón; en una joyería para intentar vender o arreglar su colgante: de nuevo, su corazón. Pero al vendedor no le interesa o no le ve arreglo. Al fondo se aprecia el cuadro La dama del Armiño, de Leonardo da Vinci.

Después de esto, hay varias escenas donde parece descender simbólicamente, y comienza a tocar fondo. Al volver a su casa, su psique, la puerta está encajada. Su subconsciente se ha abierto. Al entrar, el vestuario cambia, la casa por dentro también está distinta, y en penumbra. Tiene frío. Comienza la parte cantada en inglés por Björk.

Rosalía ha entrado en su universo interior, incluso me atrevería a decir que onírico, donde aparece representada como una inocente y virginal Blancanieves. Sentada en el suelo, comienzan a salir animalitos de debajo de los muebles y la rodean. Aquí hubo un instante en que el corazón me dio un vuelco, otro más: cuando aparecieron los animales. No puedo evitar recordar un sueño que tuve el pasado uno de julio (tan parecido, tan iluminado igual), que incluso inspiró una de mis newsletters un mes después. Esta escena resonó en mí de un modo difícil de explicar.

Volviendo al videoclip, de entre todos los animales (que podrían simbolizar cada una de sus emociones), un petirrojo, quizá su supraconciencia, se posa en su dedo, y le repite el verso que se escucha en esta escena: «La única manera de salvarnos/de que yo me salve es con intervención divina».

El pájaro echa a volar y, de pronto, todo se vuelve agresivo: el cervatillo comienza a sangrar por los ojos mientras se escucha una voz masculina que dice en inglés «I´ll fuck you till you love me» («Te follaré hasta que me quieras»). Esa voz que irrumpe en la escena podría representar el eco del amor entendido desde la posesión. Esa forma de amar que hiere y asfixia, que confunde deseo con dominio. Puede que exprese así que tocó fondo con esa forma de amar. Y comenzó a sentirse violenta con cómo había entendido el amor hasta ese momento.

La frase se repite, más grave, más violenta. Ella tiembla, incómoda y molesta, en la cama. El cervatillo parece mutar en macho cabrío. La voz cada vez es más grave y tenebrosa. Pareciera que, con cada palabra, soltara un latigazo. La escena se vuelve exorcismo. Continua intercalando la frase anterior con «Till you love me» («Hasta que me quieras»), para acabar repitiendo «Love me» («Quiéreme»), con una voz que parece inspirada entre la película El día de la bestia y el grupo Prodigy. Con el último «Love me», la paloma: el alma liberada. En la religión cristiana, el Espíritu Santo.

Puede que aquí haya querido expresar que aquella no era la manera de entender el amor, forzando y obligando a la otra persona («Te follaré hasta que me quieras» o «Quiéreme»). El amor de verdad, el que nace de la esencia, el espiritual que experimentamos los seres humanos, y que contiene materia y alma, no se comporta así.

Para terminar, el título: Berghain. Evoca a la mítica discoteca berlinesa donde todo vale y nada importa. Quizá Rosalía nos hable de eso mismo: del ruido, de la pérdida de sentido, del vacío, de la necesidad de un regreso al alma. De que todos vivimos en Berhgain.

«La única manera de salvarnos es con intervención divina». Tal vez la salvación consista, simplemente, en mirar hacia dentro antes de que lo de fuera nos devore. O descubrimos nuestro interior o lo externo acabará consumiéndonos.

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