Hay épocas en que el arte se convierte en pozo, y no en canto.
Hace más de un mes comenzaba a escribir este artículo. Antes de Berghain. Con mi esperanza temblorosa, pendiendo de un finísimo hilo. Hoy, tres días después de que esta genialidad me atravesara, me veo en la obligación de añadir esta parte al texto antes de publicarlo. Y verá la luz dos días antes de que la sinfonía moderna de Rosalía, Lux, se publique.
Con esta aclaración, que yo necesitaba hacer, comienzo.
Hay épocas en que el arte se convierte en pozo, y no en canto. No nace del silencio interior, sino del ruido colectivo; no busca revelar, sino distraer. En esos momentos, la belleza parece degenerarse, pero tal vez sólo se esté transformando. Como ese capullo, feo a nuestros ojos. Sin sentido, si no entendemos que en su interior se está gestando una evolución.
El artista ya no eleva: sólo exhibe. No construye templos ni himnos, sino escaparates a los que cualquiera puede asomarse a cualquier hora del día o la noche; da igual el grado de degradación que se muestre. No importa si lo que comparte mezcla perfeccionismo y engaño a igual escala.
Sin embargo, incluso en este exceso, en ese grito sin forma, en aquel exhibicionismo soez, me parece ver latir una necesidad antigua: sentir que aún estamos vivos.
Estamos ante un alarido desesperado por nuestro origen, la luz. Pero no sólo no nos han enseñado el camino de vuelta, sino que lo han escondido entre un montón de placeres inmediatos, que distraen y hasta provocan el olvido de lo que se buscaba.
Todo va tan deprisa, estamos tan pendientes de lo externo, a los demás… Que hemos olvidado lo que somos, y lo que necesitamos. Somos creación, y necesitamos crear.
El avance tecnológico es una herramienta maravillosa, pero no debemos centrar toda nuestra vida en él.
Mirar a los ojos, y no una pantalla; interactuar con otra persona, no únicamente con una IA; ser educados y nutridos por la Naturaleza, no por máquinas. Sólo hay que ver cómo «se distraen» ahora los más pequeños. Y los más grandes también.
Quizás la vulgaridad no sea el final del arte, sino su purga. El alma, agotada de fingir una pureza que no posee, pues no se le permite SER, desnuda al cuerpo. Y lo hace revolcarse en el barro, antes de recordar, y anhelar, que también es luz. No somos sólo materia; vivir únicamente a través de ella no llenará ese vacío que sentimos. Porque ese hueco jamás se llena con lo externo. Sólo puede colmarse con espiritualidad. La que cada uno de nosotros lleva consigo. Lo que somos de verdad: esencia, Dios, espíritu, alma, universo, Conciencia Primera… Llámalo como quieras.
Vivimos en ciclos. Es puramente humano, y engloba nuestra conciencia colectiva. Ahora, nos encontramos en esa etapa de «vaciamiento del arte», un periodo que comenzó a finales del siglo XX y que actualmente, por suerte, parece estar entrando en crisis.
Pero el arte es el termómetro, no el origen. Cuando la humanidad comience a sentir de nuevo, no sólo a reaccionar; cuando se agote el ruido, surgirá el silencio. De hecho, ya comienza a notarse el auge de movimientos de slow art, un regreso a lo simbólico y lo espiritual en la literatura, o la búsqueda de melodías que calmen, no que anestesien.
Aunque a veces me cueste, tengo esperanza. Ahora, con la Lux de Rosalía, ese hilo fino del que hablaba al principio se ha tornado grueso y fuerte.
A lo largo de los siglos, el ser humano ha descendido a los abismos para después elevarse. Se hunde en el averno para volver con más fuerza. Con el alma libre y clara para crear belleza. Tanta que nos deje atónitos. Berghain.
Hasta la próxima caída a los infiernos.
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