Hacía ya mucho tiempo que caminaba por la ciudad y sólo prestaba atención a los animalitos. En especial a esos seres peludos, de mirada pura y cero ego.
Recuerda, de adolescente, como en compañía de su entonces inseparable amigo, los saludaba por la calle con un sencillo: «Hola, perro». Pero dejó de hacerlo, porque era excéntrico. A su amigo le hacía gracia y, todavía hoy, lo recuerda divertido. Ella, sin embargo, dejó de hacerlo. Era raro.
Ahora, casi treinta años después, no ha vuelto a saludarlos, pero sí ha comenzado a sonreír a algunos con los que se cruza. Un gesto que ha pasado desapercibido para todos, incluso para ella misma. Una señal, quizá, de su regreso a un territorio propio: el que nunca debió abandonar; el de ser como es, aunque sea… Peculiar.
Normalmente no detiene la mirada en el humano que acompaña al ser de cuatro patas: sólo lo mira a él. Suele haber contacto visual. No se para, no dice nada.
Simplemente se emociona ante esos ojos siempre limpios y brillantes y, entonces, le sonríe. Una sonrisa tímida, pero amorosa. Y de inmediato, la siente de vuelta. No con el mismo ademán, claro (sería extraño ver a un animal sonreír; aunque parece que haberlos, haylos).
Pero sí con la certeza de que el peludo ha recibido algo de ella —eso que es—, devolviéndoselo multipicado.
Y todo en cuestión de… ¿Cuánto? ¿Dos, tres segundos, a lo sumo?
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