No sabía que había tanto de Alejandro en mí, hasta que entendí esto.
No se trata de fuera. Se trata de dentro, como casi siempre.
Veo mi reflejo en otros cuando el sufrimiento viene de serie, como nos vienen dadas la forma de los dedos o el tono de la piel.
Yo misma he escrito y dicho en más de una ocasión, porque así lo leí y lo escuché y estaba de acuerdo —más bien quería estarlo—, que el dolor es propio de la vida, pero el sufrimiento no. El sufrimiento sería una elección, y está generado por cómo te tomas las cosas que la vida te da, y las decisiones que tomas al respecto.
Pero… ¿Y si existieran personas que no tienen —tenemos— esa capacidad, sino la contraria? ¿Que, decidamos lo que decidamos, sufrimos? Nadie decide su color de pelo, ni la orientación sexual. ¿Por qué íbamos a poder elegir cómo sentimos, qué y cómo nos duelen las cosas?
¿Cómo sé que no me estoy equivocando? ¿Y si lo que encuentro nunca llega a ser lo que estoy buscando? ¿Y si, decida lo que decida, nunca es eso…? ¿Y si fuera ella…?
Además, hay una línea tan fina —finísima— entre estar bien y estar mal…
A veces envidio a las personas que, más o menos, salvo grandes descalabros, mantienen el equilibrio: flotan sobre lagunas constantes y seguras. Yo braceo en un océano donde todo lo que tiene sentido, de pronto, deja de tenerlo. Es horrible y extraordinario. Feo y prodigioso. Sí, en ocasiones envidio esa estabilidad… Pero… ¿Qué sería del mundo y de mí si no existiéramos?
Los «sufridores natos» suplimos nuestra condición procurando bromear y reír gran parte del tiempo cuando estamos con los demás; a mí me sale solo. Es una contrapartida tan maravillosa como peligrosa a ese otro yo mío oscuro y dolorido, porque puede llevar —y lleva— a ser complaciente: a que los demás estén bien, aunque una esté en el estercolero más inmundo. Puede parecer extraño, pero así es: al estar con otros, esa «personalidad sufriente» muta al lado contrario, y se convierte en jarana y risas, ocurrencias varias y alegría. Si se hace de manera consciente y honesta, es una capacidad increíble, reconfortante y preciosa.
Pero poca gente lo ve… ¿Lo ves?
El sufrimiento, la depresión, la tristeza… «¡Pero si tienes todo lo necesario para ser feliz, no te falta de nada!» Esto es como decirle a un asmático «¡Pero cómo no respiras, si hay mucho aire!».
Hay mucho aire, sí. Pero no todos respiramos igual.
No es material. No se trata de «tener». Se trata de «ser». Y cuando ese vacío existe —un hueco, ese abismo que a veces se abre bajo los pies sin avisar, y que no sé de dónde viene ni por qué, pero que se retuerce dentro de mí— es el arte el que viene a sacarme de ahí y llevarme hacia la luz.
Escribir, cantar, pintar, componer, interpretar…
Es esencia, es fuerza. Es luz.
Y, cuando hay luz, la oscuridad —aunque nunca desaparezca—, deja de sentirse. La luz y la oscuridad se complementan, se definen por la ausencia de la otra. Igual sucede con la alegría y el sufrimiento.
Para mí es como si la vida acabara en cada momento, y fuera consciente de ello todo el tiempo. Es percibir cómo mudo la piel, sentir cómo se va despegando del cuerpo, como cada segundo deja un pedazo de mí en el camino.
Es un duelo infinito. Es la nada y el todo.
¿Cómo no voy a reír? ¿Cómo no voy a llorar? ¿Cómo voy a estar tranquila con lo que «ya es», si cambia todo el rato? Si acepto, y tengo que volver a hacerlo, sin fin.
Es agotador.
Cuando escribo, edito o grabo, cuando me quedo inmersa en una pintura, una melodía, en una canción, en una letra, cuando leo o disfruto de una película o una serie… No hay nada que aceptar. No hay esfuerzo que hacer. Todo fluye. Ahí hago mío el océano.
Porque es arte.
Y el arte es luz divina.
Nos atraviesa, pasa por una, pero no sé de dónde viene. Sólo sé que está para ser entregado.
Adónde llegue… No lo sé.
Sólo sé que tengo que hacerlo.
Por eso escribo, grabo vídeos. Siempre lo hice.
Porque no puedo no hacerlo.
No tengo molde porque muto todo el rato. Noto cómo cambia cada partícula.
Y no sé si eso es una bendición o una condena.
Sólo sé que es lo que hay.
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