¡Ay, mi Angu de mi arma, que casi me la desgracian en una procesión!
Mi Angu, que no puede sé más respetuosa y que ademá, sin sé ella capillita, le gusta la Semana Santa tela. Ar viví en el Centro, su frase más repetía en la Semana de Pasión es: «¿Me permite, por favor? Gracias». A fuego la tiene.
¿¡Pue que no estaba la pobre esperando que pararan los penitente pa podé cruzá la calle pa irse a su casa, su templo, y un energúmeno que podía sé su hijo le ha dicho en su cara que no la dejaba pasá, cortándole er paso y empujándola!?
Y ella, que como le toquen er capirote no parte pera, insiste, intenta razoná, pero nada. Imposible. Ante la estúpida negativa y los empujone del elemento en cuestión, Angu ya, casi sin pensá, suerta en la cara der nota, en tono bajo y calmado, y como una obviedad debido a su comportamiento de mierda, no como un insurto (aunque lo sea): «Este tío es gilipollas». Un obtuso. Un auténtico Messala.
Y er niñato, con to su «respeto cofrade», y sin habé rezao ni un Padre Nuestro, porque lo mismo ni se lo sabe, delante de los penitente (y del Santo Padre si se encarta), le zampa así, por la cara, que le iba a dá una trompá. ¡A mi Angu!
Ella se quedó ojiplática, no dando crédito a lo que había escuchao, pero se quedó clavá, mirándolo, sin achantarse. Por suerte, como el mar Rojo en Los Diez Mandamientos, se abrió un hueco por obra y gracia de quién sabe, Dios, y mi Angu pudo pasá. No sin antes vorverse y sortarle al susodicho retromonguer: «¡Vaya Semana Santa!».
Y es que entre tantos clavo, sangre, muerte y demá, hay gente que se lo toma ar pie de la letra, y la espiritualidá y to las cosa maravillosa que Jesús nos trajo, se la pasan por el forro de la túnica sagrada de sus santo catapline.
Y sacan esa agresividá que Dios sabrá (o er puñetero demonio) de dónde sale. Más vardría que las dejaran bien amarraíta a la pata la cama, o hacerle un exorcismo ante de sacarlas a la calle.
Anda, ome. Tes quí ya, Messala… ¡A mi Angu!
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