Hola,
el otro día por la mañana, cuando recuperé el resuello después de correr, miré al cielo acordándome de los astronautas, que justo acababan de darle la vuelta a la Luna, y ya se dirigían de vuelta a la Tierra.
Y, mientras caminaba y observaba embelesada el cielo azul, con alguna nube blanca y esponjosa, sentí, literalmente, el cielo sobre mí.
Sí, como la canción de Amaral.
Me sentí muy, muy pequeña, minúscula, más diminuta que un átomo.
Y, a la vez, me sentí enorme: un milagro grandioso e inexplicable.
¿Por qué alguien tan pequeño y tan poca cosa como yo, un simple ser humano, vive dentro de esta gota esférica y achatada? Una gota que flota sobre un universo inconmensurable.
Inabarcable. Al menos, por el momento, para nosotros.
Lágrimas de emoción vinieron a mis ojos.
Sin darme cuenta, me puse en la piel de los astronautas.
Cómo hablar de experimentar levitar ahí afuera, sabiéndonos a todos dentro de la esfera azul.
La Luna, que siempre creímos gris, taciturna, y resulta que es de colores vibrantes. De una belleza casi indescriptible.
La humanidad ha llegado más lejos que nunca, haciendo un viaje hacia lo salvaje.
Y se nos abren, de nuevo, mil preguntas sobre lo que hay ahí fuera. Cuando me concentro, y lo pienso, es que es increíble. Un prodigio.
Es imposible la casualidad. Además, no creo que exista, la verdad.
Y, sin embargo, al mirar alrededor en nuestro propio planeta, no todo es tan puro como parece desde fuera.
Se turbia… Se envilece.
Los acontecimientos no hacen sino hacerme pensar: ¿cómo es posible, con lo afortunados que somos, que desperdiciemos la oportunidad de vivir? Vivir flotando en una esfera achatada y azul, que levita en el cosmos inmenso, rodeada de estrellas y nebulosas.
Por eso, yo prefiero quedarme con la imagen de la Luna, e ignorar lo demás. Tampoco puedo pararlo, así que… ¿Para qué enfadarme e intoxicarme?
Me quedo con la Luna coloreada y reluciente.
¿Y tú? ¿Te ha apasionado este nuevo viaje a nuestro satélite? Te leo.
Con cariño,
Isa
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