En ocasiones me ocurre que estoy más entusiasmada imaginando lo que será que luego, con lo que realmente es.

En estas circunstancias soy feliz, muy a menudo, EN EL CAMINO. Hoy viajando en el tren me sentía satisfecha: divisaba una salida de la jaula, incluso coqueteé con la idea de bajarme en el aeropuerto y coger un vuelo a cualquier lugar.

Tenía muchas ganas de llegar a mi destino. Y durante gran parte del tiempo me he sentido bien, ha sido agradable, aunque intuía sin querer que me dirigía hacia una irremediable cuesta abajo.

Al final de la tarde ya he comenzado manifiestamente a sentir desasosiego, ganas de salir de donde estaba. ¿Será que no estoy a gusto en ningún sitio? ¿O que aún no encontré mi lugar? ¿O quizás sea todo lo contrario?

No era, ni mucho menos, la primera vez que me ocurría; también me ha pasado en otras ocasiones: es como si se me agotara el tiempo de estar con determinadas personas -a las que se supone que quiero-.

Necesito irme en ese mismo instante en el que salta ese resorte en mi interior. Y no, no me pasa con todo el mundo. Sí, cada vez con más personas, pero no con todas.

Necesidad de pasar a otra cosa, esto ya no me emociona, no va a aportarme nada más.

Siguiente.

Sé que es egoísta, pero es así como lo siento. Es como si casi todos tuvieran una fecha de caducidad. Quizás siempre ha estado ahí, como en la tapa de un yogur, pero hasta ahora no quise fijarme.

Me había pasado otras veces. Sí, muchas. Pero miraba hacia otro lado.

En este momento, volviendo en el tren me doy cuenta.

Sin embargo, hay cosas que nunca caducan, que no me hartan, que parecen infinitas: el AMOR -el de la persona con quien comparto mi vida, el de unos pocos amigos y mi familia- ESCRIBIR, ACTUAR y MOVERME. Estos son los pilares fundamentales de mi vida.

Ahora me doy cuenta.

Lo demás está ahí, pero no es imprescindible. No para mí. Ahora lo veo con claridad.

Miro al chico que tengo enfrente, con mofletes redondos y colorados, de unos diez o doce años, cómo habla y se deja caer sobre el hombro de su madre. Ojalá que pueda hacerlo durante muchos años más.

Qué pena que no sea consciente todavía de lo importante que es: me gustaría que dejase de mirar el móvil un rato. Y se echara de nuevo sobre el hombro de su madre. Me gustaría decirle que aproveche ahora. Que el tiempo es limitado y que casi nada es para siempre, pero en lugar de hacerlo, lo escribo.

Quizás sea demasiado pronto para enfrentarle a la crueldad de la vida.

Le pillo observándome, serio. Como si supiera lo que estoy escribiendo, lo que estoy pensando y que va dirigido a él.

Pero seguramente sea simple curiosidad por esa mujer de abrigo rojo que escribe ávidamente en una libreta a bordo de un tren.

Sí. Seguramente sea solo eso.

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