Estar solo no es no tener a nadie alrededor.
Estar solo es saber que no se puede contar con nadie. Da igual que se esté delante de la tele, sabiendo que el resto de la casa permanece vacía y oscura. La soledad se evapora, porque nuestro interior conoce de la existencia de personas con las que se sabe que se puede contar. Arrebujamiento en la mecedora, disfrutando de esa sensación placentera que ofrece la compañía ausente, pero que siempre está.
Estar solo es saberte cerca de quien que no quiere estar rodeándote.
La soledad se agarra como garrapata a la quejumbre. Al proclamar que se está solo cuando no es cierto, invisibiliza y aleja a los que intentan envolver, pero ese empeño en echar con palabras, gestos, con lamentos infundados logran la incomunicación. Y, aunque físicamente la soledad es inexistente, emocionalmente se respira en cada centímetro de la habitación.
De los pasillos. De la casa.
Del alma.
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