Mi conexión con Sexo en Nueva York, ahora And Just Like That, es intuitiva, emocional, racional, amorosa, femenina y parte de lo que hoy soy y me sostiene.

Mi llegada a la serie fue bastante particular: la persona con la que sigo compartiendo mi vida fue quien me la descubrió, hace ya más de veintiséis años. Entonces la echaban en Canal+ y, cuando yo llegaba, daba la casualidad de que siempre era Samantha la que estaba en pantalla, en alguna de sus maravillosas escenas subidas de tono.

«¿Qué estás viendo?», le decía yo cabreada. «¿Cómo puedes estar viendo guarradas un domingo por la tarde?», le acusaba. Él se reía, y me decía que no, que era una serie que estaba muy bien, que la viera. Y yo, a regañadientes, me sentaba a su lado en el sofá. Por supuesto, me duró poco el mosqueo. En cuanto me di cuenta de lo que era aquello… Ya no hubo vuelta atrás para mí.

Carrie, Miranda, Charlotte y Samantha se convirtieron en espejos donde mirarme, en referentes: en mis amigas. Cada una de ellas, como nos ha pasado a tantas personas, forma parte de mí, y yo no sería tal como soy hoy sin ellas. Y sin ellos. Por supuesto, Mr. Big. Y Stanford, Steve, Trey, Smith, Aidan y Harry. Cada personaje, aunque sólo saliera en un capítulo, se volvía icónico. Pero estos que menciono son los que me marcaron o se colaron, de una manera u otra, en mi corazón.

Por eso, cuando llegó la esperadísima secuela, se me rompió el alma en el primer episodio. Sin embargo, si todo lo demás hubiera estado bien, no habría habido más drama que el que hubo. Lo peor vino después. No voy a regodearme más en el esperpento en el que hicieron caer a la serie y a sus personajes. Ya me explayé sobre ello en otro artículo.

Y, después de este comienzo horrendo de tercera temporada, donde los tres primeros capítulos continuaban moviéndome entre la indignación, la tristeza, la vergüenza ajena y preguntarme qué estaba haciendo viendo semejante bodrio, llegó un cuarto capítulo inesperado. Acabó, y no sentí ninguna de las emociones descritas. Es más… Me gustó. Y, poco a poco, capítulo a capítulo, los personajes volvieron a su ser, las tramas tomaron coherencia e intentaron arreglar con bastante acierto, en mi opinión, el gran desastre que era And Just Like That. Y no era nada fácil hacerlo. De esta manera, me devolvieron también mi parte de dignidad, que de tan malas maneras me había sido arrebatada.

El décimo capítulo me hizo llorar…

Ese vestido de tul verde colgado ahora en el armario, que recorrió hace años las calles de París, para acabar reencontrándose con Big en el vestíbulo del Hôtel Plaza Athénée, mientras ella buscaba en cuclillas los diamantes de un collar ya roto (como la relación con el ruso Alexandr Petrovsky).

Ese cambio de vestuario para volver a su ser, y entrar en el evento editorial como sólo ella, Carrie Bradshaw, sabe hacer. Esa certeza de que su red, sus amigas, siempre van a estar. Que ellas, a pesar de que cada una tenga su vida, permanecen.

Eso es Sexo en Nueva York. No son unas mujeres paseándose por Manhattan para mostrarnos su ropa, zapatos y demás complementos bonitos, mágicamente combinados en la mayoría de las ocasiones. Que también. Eso es sólo la cobertura. Es, como ya argumentó en su potente parlamento sobre la moda Miranda Priestly, en El diablo se viste de Prada, lo que va más allá de la vestimenta. Se trata de la vida, de qué transmito, qué digo, cómo soy, qué quiero mostrar de mí al exterior.

Qué prefiero dejar guardado hoy en el armario porque no tengo ganas. Ni fuerzas de llevar ese conjunto que necesita un empoderamiento y una seguridad que hoy no tengo. Cómo elijo mostrarme al mundo según lo que soy, y cómo me siento hoy. Qué quiero expresar. Cómo lo hago. Y Carrie me enseñó. Las demás un poco también, pero Carrie Bradshaw fue, es y será la Gran Maestra en estas lides.

Miranda me enseñó a ser amiga de verdad, a decir las cosas incómodas que intuyo no quieren ser oídas, pero que es necesario darles voz. Samantha me enseñó a ser libre: a hacer y deshacer lo que me diera la gana, sin hacer daño a nadie; sin engaños ni tretas, desde la honestidad más pura. Charlotte me enseñó que hay que tener cuidado con lo que se desea, porque se puede hacer realidad, y puede que no se parezca en nada a lo que se había soñado; a mirar a las personas por dentro, no sólo el precioso envoltorio que puedan ostentar.

Y las cuatro, juntas, con todas sus maravillosas (y, a veces, complementarias) discordancias, me enseñaron que el respeto, el sentido del humor y el amor son los valores más importantes: es lo que salva, y lo que mantiene a flote cuando vienen mal dadas. Que no tengo que ser como la persona que se sienta frente a mí, pero seguro que puedo aprender algo de ella, si hay respeto mutuo.

Y Nueva York. Sí, ese lugar mágico, que amé al descubrir la serie, y amo. Al que tenía miedo de ir porque mis expectativas eran muy altas; la ciudad a la que ruego volver cada noche, desde mi cama al otro lado del océano. Ya lo conté también en otro artículo. La energía que desprende esta ciudad es indescriptible. Y eso supieron plasmarlo en la serie de manera magistral. Por eso, todas las que amamos la serie, solemos andar enamoradas de la Ciudad. Es como si también parte de nuestra vida se hubiera desarrollado sobre sus calles de asfalto con olor a hollín, entre cada uno de los majestuosos rascacielos siempre cambiantes, en cada una de sus cafeterías, saboreando un pudin de plátano de Magnolia Bakery.

Mi corazón se trastocó en el undécimo capítulo: se rompió al comprobar cómo el antiguo apartamento de Carrie, ahora de la que fue su vecina Lisette, ya no era el mismo; me dio un vuelco cuando vi aquel lujoso coche, que ya no era de un negro brillante, a la puerta de la casa. Esta vez no era Mr. Big para recoger a Carrie, sino posiblemente un Uber pedido por la joven Lisette. Mi trastocado corazón volvió a su lugar, recomponiéndose cuando Carrie le pregunta a su editora qué había de trágico en que una mujer estuviera sola, aludiendo al desenlace de su primera novela.

Con el final definitivo de la serie, se acaba una etapa. Que cada una de las personas deberemos cerrar también, por mucho que duela. Porque duele, vaya que sí: tener la certeza de que esos personajes, mis amigas del alma, no volverán a contarme cómo les va la vida es algo para lo que no estoy preparada. Nunca lo estuve. Pero, obviamente, sobreviviré, entendiendo el tiempo transcurrido entre ambas faldas de tul: la que daba comienzo a cada capítulo de Sex And The City, y la que ahora protagoniza el epílogo de nuestra serie (con el rosa presente en ambos looks). Aunque haya llorado amargamente, pero orgullosa y digna, con esa última canción. Y con una ganas enormes de comerme un trozo de tarta.

Y, cuando las eche mucho de menos, o sólo un poco, me sentaré en el sofá, cogeré el mando de la tele y le daré al play para que suene esa pieza de jazz instrumental tan reconocible, mientras una Carrie treintañera se espanta con su corta falda de tul blanco empolvado al ser salpicada por un autobús, que lleva por anuncio su rostro.

And Just Like That, y así sin más, tras una larga evolución, han quedado. Permanecen.
Siempre nuestras. Siempre eternas.

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