Estamos fascinados con este último Mundial de Fútbol. Al menos en mi caso.

Independientemente de que lo gane España o no, que ojalá que sí.

Me gusta el deporte rey, pero jamás había visto tantos partidos de una World Cup como en este 2026.

La fascinación —intuyo— puede venir por varios lugares. Por un lado, el hartazgo de la política, tanto nacional como internacional, bombardeándonos la cabeza con problemas que, además, no está en nuestra mano solucionar.

Por otro, la extraordinaria coincidencia de tanto talento junto: la permanencia de los que ya son leyenda, pero siguen en activo, como Cristiano, Messi o Modric; y la incorporación de las nuevas y jóvenes promesas.

Sin embargo, cómo no, suenan voces disonantes: que todo esto es una pantomima para tenernos entretenidos, que es pan y circo, que los que vemos el fúbol somos tontos… El resto del discurso ya nos lo sabemos.

Y me pregunto si lo que no interesa es que se vea a gente de todo el mundo —de todas las religiones, razas y colores— pasárselo bien. Disfrutar juntos.

Que en este Mundial 2026 se vea más lo que nos une que lo que nos podría separar.

Se ve que es mucho más productivo tenernos enfrentados, amargados, contemplando desde el sofá mientras cenamos como un país ataca a otro, como meten un zambombazo un día sí y otro también. Como mueren niños a diario. Es mucho mejor patrocinar y normalizar la hostilidad que el amor que, a fin de cuentas, es lo que estamos viendo cuando disfrutamos de este campeonato: respeto por el rival, esfuerzo, alegría, tristeza, abrazos, emoción, sonrisas. Cada cual con los colores que siente que le representan pero siendo, al final, una amalgama única.

Casualmente lo que somos en realidad: una unidad que algunos se empeñan en desmembrar.

Quizás estoy de mejor humor porque me encanta ver cómo Noruega celebra cada victoria. Sonrío viendo a Haaland, y pienso: «Pues también quiero remar con ellos, aunque yo no sea noruega». Y también porque no estoy escuchando las barbaridades que hacen con nuestro dinero, o con nuestros vecinos (una parte de lo que esencialmente soy, somos) al otro lado del mundo.

Puede que haya surgido un oasis en el que hablemos más entre nosotros, nos comuniquemos mejor, en el que el odio, el ruido y la polarización creada se diluya. Aunque sea un poco. Y claro, con el tiempo y el dinero que ha costado que todos estemos los unos contra los otros, no va a venir ahora algo tan tonto como el fútbol para estropearlo.

Porque, quizás, nos demos cuenta de que hay cosas mucho más importantes. Pero que, en realidad, ni siquiera esas importan.

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