Torbellino de ideas, pero todas relacionadas con lo mismo: MI SUEÑO.

¿Y si escribo una novela? ¿Que trate de mi vida? ¿O mejor que no tenga nada que ver conmigo? ¿O una obra de teatro mejor? Quizás podría llegar a representarla.

Si todo hubiese sido perfecto… Como en las escenas finales de La La Land, si hubiera, si hubiese… Pero no. Nada es como nos hubiera gustado, como debería haber sido, como creemos que debieran haber ocurrido las cosas para alcanzar lo que soñamos.

Quizás debiera empezar por ahí. Yo. Niña.

Creo que de pequeña era un poco pedante… No sé, si me pudiera ver ahora a lo mejor no me caería bien. Todavía recuerdo con claridad meridiana aquel día que perdimos el autobús en algún pueblo de la sierra de Cádiz, que era el que enlazaba con otro autobús para llevarnos de vuelta a casa. Tuvimos que coger un taxi para que nos llevara a ese segundo autobús. El taxista, un hombre del pueblo, nos llevó muy amablemente. De pronto escuchamos un sonido que no nos era familiar y, al asomarnos por la ventanilla, vimos que era un helicóptero.

El taxista, con toda su buena fe, empezó a señalármelo gritando “¡Mira, mira un helicotéro, un helicotéro!”.

Y yo, con toda mi impertitente inocencia lo miraba extrañada porque no entendía lo que quería decirme, hasta que miré hacia donde señalaba y entonces solté “Así no se dice, se dice HE.LI.CÓP.TE.RO”.

Si el hombre a día de hoy vive, seguro que aún se acuerda de aquella niña maleducada y sabionda. Yo todavía me acuerdo de mi madre dándome un codazo y diciéndome que me callara, yo reprochándole que por qué, “si lo estaba diciendo mal, si no se decía helicotéro, sino HELICÓPTERO” (cabezona desde pequeña), y mi abuela aguantando la risa para no darle la razón a su descarada nieta.

Pues así era yo de pequeña. Una monada. Pero no lo hacía con mala leche. Yo sólo quería que el hombre lo dijera bien. Tan simple y tan sencillo.

También recuerdo las tardes de domingo. Nos turnábamos: uno íbamos a casa de la tata con los dos primos y al siguiente venían ellos a casa. Y yo TODOS LOS DOMINGOS tenía algo organizado: una obra de teatro, un concurso, cante, baile, marionetas…

Mis padres, que yo sepa, nunca entendieron ese gusto mío como algo positivo, tangible, sino más bien como un juego de niños que –obviamente– nada tenía que ver con el mundo real. Supongo que no pensaron en que quizás pudiera aspirar a algo que no fuese lo común y lo normal. No pensaron en la existencia de esas otras profesiones. “Mamá, quiero ser artista”.

En resumidas cuentas, amo el arte en toda su expresión desde que tengo uso de razón. Siempre he fantaseado con meterme en la piel del personaje en cuestión. Entenderlo. Tanto que hasta sé cómo respira y piensa. Es muy simple. Es muy elemental, para mí lo es. Sin embargo, aunque me parezca fácil no significa que no sea duro y que no haya que dedicarle tiempo y esfuerzo. Pero sarna con gusto, no pica.

A veces pienso si no debería conformarme y dejar de pensar en gilipolleces y matar a todos los pajaritos que pululan alrededor de mi cabeza durante las veinticuatro horas que tiene el día. No me importaría conformarme, la verdad…, si pudiera. Pero es que no puedo.

Es una sensación extraña, es como si faltara algo, como si perdiera el tiempo, como si… Estuviera loca, a veces. Fantaseo desde mi niñez, hablo sola, me peleo, discuto y hasta lloro muchas veces porque, sin darme cuenta, me teletransporto a otro mundo donde no soy yo: soy otra persona a la que le pasan otras cosas. O que le pasan las mismas cosas que a mí, pero el diálogo fluye, la historia circula.

Lo que sí hizo mi madre fue apuntarme a ballet con cinco o seis años. Me encantaba. Ahora me encanta más todavía. Cuando ya llevaba un tiempo, la profesora habló con ella para que fuera a una clase más avanzada, y así lo hice. Con niñas que eran más grandes que yo y que, recuerdo como si fuera ayer, me miraban por encima del hombro y con cara de asco. Ahí empecé a perderle un poco el gusto, lo recuerdo, y toda mi vida pensé que ahí fue cuando lo dejé. Que fue una decisión mía.

Imaginaos mi sorpresa cuando, hará cosa de tres putos años, un día hablando con mi madre, ella me contaba tan tranquila que me quitó de ballet porque me coincidía con… ¡¡LA CATEQUESIS!! Sí, eso que no me ha servido absolutamente para nada, entre otras cosas porque soy atea. Igual que mis padres.

Si es que manda webs. Y yo toda la vida reprochándome el no haber continuado en ballet. Intenté retomarlo después, pero ya no estaban las clases y no sé si es que no había en ningún sitio (cosa que dudo) o que mi madre pasó un poco del tema. El caso es que ya hasta los veinte años o así no volví a recibir clases de ballet. Junto a niñas de cuatro o cinco años. Era lo que había. O eso o nada.

Así que tiré a la basura la vergüenza que pudiera sentir, asumí el sentirme rodeada de la más tierna infancia, me enfundé mi malla y mis zapatillas y allá que fui a recibir mis clases. Chimpún.

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