A veces pareciera que todo el tiempo estamos interpretando un papel, comportándonos de una manera determinada según con quién estemos, haciendo lo que los demás esperan que hagamos.

Mientras, tu vida real va por dentro: tus pensamientos, tus sueños, frustraciones, tus deseos y tus miedos te acompañan, pero siempre detrás, siempre escondidos. No vaya a ser que alguien los vea y se burle de ellos.

Pero llega un momento en que nos cansamos de ocultarnos, porque nos damos cuenta de que es ahí dónde reside nuestro verdadero yo.

Y nos hastía el estar enraizados como si fuéramos un árbol milenario; y queremos volar, volar alto y lejos como un pájaro. Y decidimos que esa vida interior debe salir, que no puede vivir más únicamente por dentro porque se pudre. Necesita refrescarse, evitar corromperse, porque ése será el principio del fin.

La vida es puro teatro y nosotros decidimos (en la medida de nuestras posibilidades) si es teatro del bueno, del malo o del regular; si es una obra trágica o una comedia. Si tiene un argumento que nos motive o no.

No olvidar que la obra tiene un principio y un fin, que no se estará representando eternamente, y que las decisiones que tomemos nos llevarán a un determinado lugar, esperado o no.

Y disfrutar, disfrutar de la obra, sentir cada momento como especial, porque lo es. Irrepetible porque no se dará más.

Aprovecharla porque tendría que ser lo único que debiéramos hacer.

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