En estos días de Comunión y crimen del mes de mayo, chirigoteramente hablando, yo no puedo evitar fijarme en los locurones de la gente. Bien es cierto que cada uno es libre de celebrar las cosas como le salga del nardo, pero… ¿En serio?

Qué tendrán que ver esas mesas gigantes de globos, muñecos y chucherías inacabables e inabarcables hasta para el más goloso. Por supuesto sin mención alguna ni sutil a lo que allí se supone que se celebra.

Regalos que, ES QUE DE VERDAD que lo flipo en colorines. Enrique Iglesias y los niños cantando a grito pelao «tráeme el alcohol, que quita el dolor» y sus familiares poniéndose tibios en la barra.

¿Alguien tendría la delicadeza de explicarme qué relación hay entre todo esto y el Sagrado Sacramento de la Primera Comunión, que no es otra cosa que tomar el Cuerpo de Cristo por primera vez? Metafóricamente hablando, claro. Supongo. Porque a estas alturas ya nada me sorprendería.

Yo cuando la hice dimos un desayuno en mi casa, después fuimos a una localidad cercana a almorzar porque yo había ido de excursión con el cole y me había gustado mucho. Punto pelota.

Mis regalos fueron: los zapatos de ese día, que me los regaló mi abuela, una caja de bombones Nestlé (¡de las grandes!), una hucha de conejito, un juego de bolígrafos creo, y no sé si alguna cosa más… Ah, sí, cinco mil pelas, pero el conejito debió comerse el billete confundiéndolo con una hojita de lechuga, porque yo lo perdí de vista y nunca más apareció.

Alguna cosa más caería, pero no la recuerdo. Lo que sí recuerdo era que me sentí un poco abrumada por tanta cosa, por poder elegir yo el sitio a donde ir a almorzar. Y que me lo pasé muy muy bien, jugando con mis dos primos y mi hermano.

Con todo esto sólo quiero decir que, no sé, LLAMADME LOCA, pero no creo que sea necesario tantísima cosa, aparte de que es perjudicial para los críos.

No quiero ni pensar qué harán cuando se hagan mayores y quieran celebrar el bodorrio, el divorcio o ser single… Todo les parecerá un churro comparado con su Primera Comunión. O quizás, ante la impotencia de rizar aún más el rizo, opten por algo sencillito.

Sí.
Claro.

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