No me gusta el ambiente de la Semana Santa. Lo siento rancio, primitivo, lejano y viejo.

Me gusta ver las procesiones, son obras de arte, forman parte de mi cultura, incluso a veces me emocionan.

Lo que detesto es el entorno.

Se respira una atmósfera cerrada e intransigente. No digo que cada una de las personas que salen a la calle y disfrutan de estos días lo sean, pero sí cuando se forma entre todos una masa informe.

En Carnaval también hay muchísima gente por la calle, pero es muy raro -RARÍSIMO- que alguien te corte el paso; se respira LIBERTAD.

Eres libre de pasar por donde quieras -a pesar de las bullas– y a nadie se le ocurre reprocharte mientras escucha una chirigota que qué haces pasando «por ahí» -y que conste que siempre he sido respetuosa y no cruzo por delante del paso, ni cosas de esas-.

Sin embargo echo bastante de menos ese RESPETO hacia mi persona. O hacia cualquiera que intenta cruzar una calle para dirigirse a su casa después del trabajo, a cuidar a su abuela, al supermercado, a ver al querido o lo que le salga de las narices.

Yo he visto y escuchado como una «señora» le increpaba a un hombre, que encima se molestaba en explicarle que se dirigía a su casa, y «la buena mujer» todavía se atrevía a desafiarlo diciéndole que era mentira, que él no vivía en esa calle. Al pobre hombre le faltó enseñarle el DNI a la representante del sursum corda.

Yo, con 16 años, y con hora estricta de llegada a casa, he sufrido lo indecible para arribar a la hora, ya no solo por rodear y tener que dar mil vueltas para llegar sin incordiar a los actos procesionales, sino porque cuando por fin encontraba la «ruta alternativa», algunas veces me encontraba con estos casos de porteros cofradieros que me impedían la aparición a la hora acordada a mi casa, con el consiguiente castigo.

No sé con qué extraño derecho se creen cuando, una vez que se colocan en la VÍA PÚBLICA, suponen que ésta deja de serlo y es de su propiedad, guardando con recelo cada esquina por donde pasa el aire viciado a incienso. He aquí uno de los personajes que hacen que el ambiente cofrade se vuelva, para mí, indeseable.

Otro personaje relevante son los que se creen que la calle, aparte de suya (a veces este espécimen se une al anterior), es un vertedero.

Me apuesto lo que sea a que en su casa son muy limpios, pero oye, es pisar la calle, y se vuelven unos CERDOS DESCONSIDERADOS.

Cerdos porque tiran todo al suelo (paquetes vacíos de gusanitos, palomitas y todo tipo de sanas golosinas, bolsas de plástico, restos de bocadillos y un largo etcétera). Y además desconsiderados, porque también añaden al suelo cáscaras de pipas y colillas. Sí, por donde van a pasar personas en penitencia, descalzas. ¡Qué miramiento, qué sentimiento cristiano!

Aunque quizás lo hagan para que expíen mejor sus culpas, cual cilicio ajeno.

Es conmovedor.

Ya puestos a rajar, también me molestan las bandas de cornetas y tambores. Pero me aguanto. Y no se me ocurre decir que se vayan a procesionar a Cortadura o al Chato. Soy consciente de donde vivo, y si lo que quiero es silencio o, como mucho, el dulce piar de los pajarillos, debería de vivir en el campo, y no aquí.

Por si no se pilla, esto también va por los que se quejan del «ruido» en Carnaval.

Y sí, después de todo lo expuesto sigo afirmando que me gusta la Semana Santa.

Este año debido a cambios de itinerario, con solo bajar a la calle podría contemplar las procesiones.

Pero solo pensar en encontrarme con los especímenes mencionados me da urticaria, así que he decidido quedarme en casa y escribir esto.

Quizás me anime a bajar el año que viene…

Como diría JC «no cambia de repertorio y to’los años es un pelotazo».

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