En una sociedad, la nuestra, en la que el azúcar está presente en prácticamente todo, resulta complicado centrarse y decir NO. Porque es constante y agotador. Es ir a tomarte un café y ver cómo las demás mesas -personas que están en ellas- engullen y saborean su tostada o su croissant. Y yo intolerante al gluten1. ¿Por qué, zeñó, por qué? ¿Por qué estoy enganchada a los hidratos?

Llevando una dieta cetogénica y para alguien con problemas de adicción son duras pruebas de fuego. Dar un paseo y de pronto sentir un olor divino: a pan, a hojaldre, a masa de algo. A gluten. A hidratos. En definitiva, a azúcar. Respiro hondo.

Si voy acompañada lo llevo mejor. Cuando estoy sola es cuando la cabra glotona que llevo dentro tira al monte (entiéndase «monte» como chocolate con caramelo, bollos, pasteles, helados, etc.).

De momento tengo controlada a la chiva. Quiere ir a por pan, pero yo no la dejo. En el momento más inesperado se fusionará conmigo y desaparecerá, convirtiéndose en un recuerdo lejano, como ya me pasara con mi adicción a los malos humos tabaquiles. Lo superaré. No al gluten. No al Azúcar.

Yes, I can and I will be able 🙂

1 Finalmente, después de años y múltiples pruebas, resultó que no soy intolerante al gluten, aunque me sienta como un tiro si lo tomo en repetidas ocasiones.

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