Mis personas. Sé quiénes son.
Mis calles. Sé cuáles andaré.
Mis gustazos. Sé dónde buscar.

Si algo me ha dado este retiro confinante, además de unos kilos de más y una abrumadora inestabilidad, es claridad.

Por contradictorio que parezca esto solo ha hecho confirmar lo que ya sabía o intuía: que hago lo que quiero hacer, que estoy con quién quiero estar y que voy hacia dónde quiero ir.

También sigo aprendiendo, cómo no hacerlo si estoy viva: estoy leyendo más y
he encontrado seres de luz que aportan muchísimo gracias, a su vez, a la generosidad de otros.

Las personas que integran mis redes sociales son una tela excelentemente tejida que le regalan a mi alma algunas necesidades: libros, marketing, literatura, costumbrismo, psicología y alegría a raudales. Y realidad. A veces estoy triste o sin ganas de hacer nada, como todos, pero me motivan a hacer algo. O a no hacer nada sin que el mundo se derrumbe. Y quizás, como el aleteo de una mariposa al otro lado del mundo, yo también alimente a algún ánima en encierro. Me gusta pensar que es así. Ojalá.

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En estos tiempos que vivimos en nuestros adentros más que nunca porque no nos queda otra, en que se supone que tenemos más tiempo, resulta que ocupamos el mismo lugar -prioritario o no- en la vida de los demás. Si éramos el último mono antes, lo seguimos siendo ahora, solo que en estos momentos se nota más.

Todo está conexionado. Todos estamos conectados. Ahora las relaciones se han nivelado
porque solo tenemos una forma de comunicarnos -y gracias-, aunque parezcan que son muchas.

Ahora no nos tropezamos por la calle ni podemos dar el encuentro. Ahora -como antes- si tienes interés te acuerdas, hablas, preguntas, acompañas, compartes, haces una señal. Da igual que tengas miles de seguidores o no tengas Instagram. Porque si quieres estar, estás. Da igual si estás trabajando, te han hecho un ERTE o teletrabajas; si antes no sacabas tiempo ahora tampoco lo harás. No tienes ticket para la zona preferente.

Y no pasa nada. O sí. Pero pasará. Como todo. Sigamos caminando, aunque sea por el pasillo de nuestra casa -el que tenga- o mentalmente. Dejemos estar pero, sobre todo, dejemos ir. Porque hace tiempo ya que no. Y lo sabías. Eso no quitará un vino si se encarta. O no. Porque quizás sin tu insistencia ya nunca encarte. Y no pasa nada. O sí. Pero en verdad sabes que no.

Los pseudodramas ya no van contigo. Ya no tienes dieciséis años. Ni veintiocho. Ya no. Continuémos junto a los que sí están. Sea en carne o en pantalla.

Hagámonos siendo con los que somos nosotros de verdad. Sin esfuerzos. Porque sí.

Continuémos. Brindaremos.

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