Me gusta tanto viajar que, si me dieran a elegir, no podría quedarme solo con uno de mis viajes porque en todos ellos hay un pedazo de lo que soy hoy.

Quizás el más importante sea el que emprendí hace algo más de nueve meses, sin moverme de Cádiz, de donde soy a pesar de lo que diga mi DNI. Viajando intramuros.

Viajando al exterior, París es la magia, Nueva York la energía; Venecia es el sosiego, Londres el barullo. Praga es un cuento. Sevilla es la belleza, Madrid son las ganas, Barcelona es lo original. Granada es Lorca, Roma es un imperio y San Sebastián una reina. Sanxenxo es el mar y Santiago la catedral; Oporto es el vino a pequeños sorbos. Cádiz es la luz hecha arte.

intramuros-viajando

En estos días en los que la normalidad no acaba de llegar -y lo que nos queda-, en los que deseamos más que nunca no sabemos muy bien qué, o sí, pero no lo decimos en voz alta, la montaña rusa de las emociones sigue ahí. Parece que no, si la comparamos con la de hace dos meses.

Nos hemos acostumbrado a estar en casa, o eso nos creemos porque, cuando echamos la vista atrás o leemos esas listas de la felicidad que escribimos cuando suponíamos que nuestro mundo era inmortal e imperturbable, nos damos cuenta que muchas de las cosas que nos dan alegría, que nos gustan, nos motivan y nos llevan en volandas, ahora resulta que no las podemos hacer. Hemos intentado sustituirlas por otras, parecidas, pero ya sabemos de sobra que ni la sombra y por eso, a veces, aparece esa apatía, esa desgana, ese querer hacer pero que se queda en intento y, en algunas ocasiones, ni en amago.

Esta modorra que me acompaña a veces todo el día y que, cuando llega la noche, se transforma en un insomnio retador a pesar de las valerianas y las melatoninas. Esta hartura de no saber cómo ni cuándo, con lo impaciente que siempre he sido yo.

Ayer por la mañana, Máximo Huerta nos preguntaba en una publicación acerca de los viajes de nuestra vida. Y me ha inspirado -dentro del sopor y la indolencia de estos últimos días- a darle a las teclas y escribir esto que lees.

He tenido la suerte de habitar en muchos lugares, aunque siempre en menos de los que me gustaría, y he llegado a la conclusión de que el viaje más extraño de mi vida es este que me ha obligado -y me obliga- a permanecer en casa.

De nuevo, viajando intramuros.

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