«Y paseaba por las tiendas, intentando encontrar en los percheros, donde se exponía la nueva colección Otoño-Invierno, algo que definitivamente le llenara el alma. Como otras tantas veces. Nunca lo encontró. Obviamente buscaba en el lugar equivocado. Y lo sabía».

A veces no sabía ni dónde estaba, ni le importaba. Quería huir, salir, correr, descansar. Únicamente deseaba pasear con tranquilidad. Pero su mente no era la mejor compañía, haciéndola sentir vulnerable en cada paso que daba.

No importaba lo que fuera, sentía culpabilidad con tan sólo respirar. No debería estar en ningún otro lugar, solo en aquel que le absorbía la energía. En el que sentía que el tiempo pesaba y pasaba lentamente fugaz, escurriéndosele de las manos.

Pasaban los días, todos iguales, pero diferentes. Pasaban las horas, los minutos y cada segundo. Se sentía como un león enjaulado. Entendía ahora a esos felinos atrapados en los zoológicos a los que iba de niña: la marcó un león de mirada triste y sonido lastimero, como un tren a punto de descarrilar.

Lo recuerda perfectamente, con su abultada y soberana melena, dando vueltas en su jaula, como loco. Qué libertad podría ansiar, era un animal. Qué libertad podría ansiar, si ella respiraba salitre y mar.

Pero ella era más afortunada que aquel león de su infancia. Podía salir de entre los barrotes, y no se había dado cuenta. De hecho incluso estaba la puerta abierta. Pero no se atrevía a cruzarla. No había nada para ella ahí fuera, se decía. Hasta que un día, el aleteo de una mariposa negra la empujó a la salida y, tímidamente, puso el primer pie en el exterior.

De puntillas, como una digna, pero cansada bailarina, caminaba con el aire, despacio, volviéndose a mirar aquella jaula que se desvanecía como si fuera un castillo de arena. Frente a ella, el sol se iba apagando, hasta que se hizo la noche más lóbrega que jamás hubiera imaginado.

Perdida en la oscuridad tuvo que pararse y sentirse. No había nadie a quién mirar, nadie a quién escuchar, solo ella. Entonces, pensó sinceramente sobre su propósito. Y esperó el amanecer con sus ojos verdes clavados en el horizonte.

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