«Con la ‘maldición’ de vivir siempre en La Caleta, sabiendo que no puedo estar nunca lejos del mar…»

Así comienza uno de los últimos pasodobles que Manolo Santander escribió para su chirigota, «La maldición de la Lapa Negra», que tuve el gusto de escuchar y disfrutar en la calle San Miguel mientras saboreaba una copita de Canasta, rodeada de gente, en una esquina por la que apenas se podía transitar debido a la expectación generada por una de las agrupaciones más punteras del Carnaval gaditano.

Tuve la suerte de cantar a voz en grito por millonésima vez el himno oficioso del Cádiz y me emocioné orgullosa al ver cómo los foráneos luchaban por hacerse un hueco por escuchar y, una vez acabada la actuación, hacerse fotos con los miembros de la chirigota, sobre todo con Manolito, al que vi disfrutar como un niño. Hace poco me visitó en un sueño con esa misma expresión en sus ojos, contemplando ilusionado cómo Cádiz seguía recordándolo y cantando sus letras. Pues claro, ¿qué te creías?

«Ay, Lolo, Lolito, Lolooooo, mi piconeeeroooo…»

Así acaba unos de los pasodobles de la chiririgota «Er Chele Vara», la última de Juan Carlos Aragón, el poeta más irreverente que el Carnaval nos ha dado y que perseguí durante los diez días de pecado que dura esto que nos corre por la sangre todo el año. Al creador de Los Guiris nunca lo tuve lo cerca que me hubiera gustado, lo vi alguna vez por la calle; en el estreno de alguna de sus agrupaciones en el Falla: con gafas de sol y esos aires que le gustaba aparentar, tan chulescamente ficticio. Un filósofo, profesor, un artista y poeta que, en su último año, nos regaló comparsa y chirigota. En estos días de incertidumbre agostil soñé que sacaba una comparsa nueva para que, dadas las circunstancias, al menos actuara en televisión y él, Juan Carlos, estaba en ella, cantando.

Nada, en aquel tardío Carnaval de 2019, hacía presagiar lo que se avecinaba ese año: la debacle. Nada me hacía imaginar que el desastre se acercaba, hasta que se derrumbó encima de mí. Aún así, la vida, nosotros y el Carnaval continuó, con todo su esplendor y toda su tristeza: fue este Carnaval 2020 raro, presagio sin saberlo de lo que se avecinaba y resaca desazonada de lo pasado.

Ahora, habiendo aprendido a esquivar la censura pretérita, la autocensura tecnológica y la pena del corazón, resulta que un tal COVID, con to la coba y la malaje del carteliti internasioná, nos deja sin «nuestro modo estar. No es una fiesta más, ni una feria de tantas, es un modo de estar de la gente de Cádi; la que se pone a cantar para olvidar por Carnavales».

¿Qué vamos a hacer ahora?

Seguir cantando, por supuesto; canciones tenemos para aburrir. Seguir componiendo, escuchando, trasteando, imaginando y creando, porque esto pasará y, ya se sabe, las crisis son muy malas, y la que se avecina es tan inmensa que ni se ve, pero cuando se renace de ellas se deja al más plantao sentao de culo. Y aquí siempre tenemos alguna encima. Estamos acostumbrados a lidiar, aunque no haya plaza. Toros sí. Unos cuantos.

Este año la pena se intentará adueñar de febrero, pero ni mijita. Si algo sabemos hacer es sacarle punta a la situación más nefasta. Y esta lo es. Emocional, cultural y económicamente. No se me ocurre mejor momento para dejar atrás diferencias irreconciliables por personales, malos rollos, admiración mal llevada por la envidia y pamplinas carnavalescas variadas. Es el momento de tomar la iniciativa en esta industria que ha crecido sola, sin el respaldo real de la ciudad y sus ciudadanos: se ha hecho grande -gigante- «a pesar de», en lugar de «gracias a».

El interés es uno: Cádiz. La manera es una: Carnaval. Hagamos por volar, señoras y señores. No permitamos que nada ni nadie nos corte las alas que, desde algún lugar, tenemos leyendas mirando atentamente a ver qué cojones hacemos.

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