En la feria y yo pensando en Carnaval. En Jerez y yo loca por pisar Cadi Cadi. Sonando sevillanas y en mi cabeza el son de “Aunque diga Blas Infante…” Viendo la vida pasar y yo pensando en la muerte que llega sin avisar, de sopetón, dejándote sin aliento cuando hacía un segundo paladeaba un sorbo de Tío Pepe.

Por fin llego a Cádiz y sí, “el corazón me palpita”, sintiendo el viento en mi cara y teniendo la lacerante certeza de que nunca más escucharé una nueva genialidad tuya.

Que sí, que no te conocía y a pesar de eso mi relación contigo era un AMOR-ODIO de libro: te admiro (me niego todavía a usar el verbo en pasado), pero a veces pareces tan carajote, pisha, que yo qué sé… Luego escucho tus letras, tu música, y se me olvidan esas excentricidades de artista que tienes -y que eres-.

Tengo la necesidad de llorarte.

Y no sé si te parecería bien, mal o una estupidez de novelerío gaditano, pero de verdad que tengo que llorarte.

“Ahora ya sé quién es Dios: Dios es solo una inmensa palabra vacía que la gente ha llenado con lo que quería”. Pues se me ocurre llenar esa palabra de ti, dios pagano como pocos del Carnaval, escribiente de la oda más preciosa a la fiesta de su tierra porque “todas las calles de Cádiz también son el templo de una religión”, “es un modo de estar de la gente de Cádiz” y “como tal religión, tú la respetas”. No puede haber una señal de amor más verdadera. O quizás sí… “La de tanto dolor convertido en la gracia, la del tiempo que pasa y que deja pasar; la que se pone a cantar para olvidar por Carnavales…” Otra prueba de tantas del enamoramiento más puro y sincero.

Quién si no iba a inventarse un idioma entre el italiano y el gaditano, tan genuino y tan accesible a la vez. “¡Oh, donna mía veneziana, maschera bianca di miu cuore!…” Quién si no, el Capitán -¡oh, Capitán, mi Capitán!-, el que nos deja tan pronto para hacerse leyenda. Eres leyenda viva y ahora, para nuestra desgracia y quizás para engrandecer tu ego carnavalesco y más canalla, eres LEYENDA. Así, con mayúsculas. Como, intuyo, siempre quisiste. Pero la vida debería haberte concedido ese capricho bastante más tarde, dejándote vivir, y a nosotros disfrutar de ti y de tu talento de poeta.

Siento que esto que escribo no esté a tu altura, pero igual que tengo la necesidad de llorarte, la tengo de dedicarte estas humildes letras que esconden cosas que quizás aún no estoy preparada para decir.

Descansa en paz, Capitán Veneno.

jc
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