Hola,

hoy quiero hablarte del permiso. Del permiso de ser.

Quizás en la infancia no te dejaron ser tú del todo. Y no por maldad, sino por desconocimiento. Incluso creyendo que te hacían un bien.

Cuando somos niños, la autorización está en el adulto, en la persona que nos guía. Y, con ese modelo, funcionaremos cuando seamos adultos.

Por tanto, ahora el permiso me lo debería de dar yo.

Yo soy la responsable de darme consentimiento. De poner límites.

Pero claro… Si nunca me enseñaron —en ninguna parte— qué es eso, dificilmente lo voy a poder llevar a cabo.

Por eso llenamos las consultas de terapia. Porque estamos ávidos de aprender.

Deseosos de poder ser lo que de verdad somos.

Después de ver la biopic sobre Michael Jackson, me di cuenta de algunas cosas. Una de ellas es que su manera de cantar es contenida y enrabietada, como un niño al que —como todos sabemos— no han dejado jugar.

Así cantaba Michael. Con una rabia enorme, con una fuerza irrefrenable pero, a la vez, algo cohibido: el talento se le derramaba a borbotones, y él quizá intentaba controlarlo para que no se le desmadrara. Siempre intentando portarse bien.

Y yo, al volverlo a escuchar, al retomar su música que estaba muy dentro de mí, en un rincón casi olvidado de mi alma, algo rugió como un terremoto en mi interior, removiendo partes de mí que creí desaparecidas.

Pero sólo estaban con el interruptor en off.

Me doy cuenta de que callé, y me adapté, incluso sigo pidiendo perdón por ser como soy.

Hace poco pensé que quería cambiar mi vehemencia, esa que me atrapa algunas veces, haciendo que me lleven los demonios.

Pero no. No quiero cambiarla. Es parte de mí.

Esos demonios son mis tripas desgañitándose por algo que me parece injusto. ¿Por qué tendría que decirlo casi susurrando, calmada y con la mirada baja?

Ni que yo fuera la madre Teresa de Calcuta.

Cuando algo me toca dentro, me revuelvo, y bramo como una leona. Zarpas.

Y sí, a veces alzo un poco la voz porque estoy más emocionada de lo habitual, o tengo mucha energía. Entonces, mis ojos se abren y quiero comerme el mundo, aunque simplemente tenga que recoger la ropa tendida en la azotea. Esa soy yo.

Y no voy a volver a pedir permiso ni perdón por ser como soy.

¿Y tú? Te leo.

Con cariño,
Isa

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