Todos lo sabíamos.
Con mayor o menor detalle, todo Cádiz —y parte del extranjero— sabíamos que Juan Carlos no había tratado bien a algunas de sus parejas, y que su comportamiento dejó mucho que desear demasiadas veces.
Pero, para no variar, la hipocresía campa a sus anchas. Y yo —entre esta falsedad y la levantera— tengo la cabeza loca, y siento auténtica torpeza para escribir estas letras. Y mucho enfado.
Reflexiono sobre mi trabajada y trabajosa espiritualidad y, supongo, que esto pertenece a la parte en la que aprendo, suelto y me voy.
Que es justo lo que voy a hacer con este texto.
Afirmar «yo no sabía nada», cuando «sí sabías» está feo, muy feo. Pero no voy a seguir hurgando ahí. Ya sé lo que hay —vergüenza, mucho cuento, disimulo del chungo, no perder votos—, y no me interesa.
Me importa la justicia que, en este caso y para mí, lleva implícita alguna contradicción, cosa que no me gusta, pero reconozco.
Vaya por delante que comprendo y apoyo a las mujeres que sufrieron malos tratos por parte de Juan Carlos, incluida a la que ha hecho pública la sentencia de condena por maltrato al fallecido carnavalero.
Tiene que pesar como una losa vivir en tu propia ciudad escuchando como todo el mundo habla de lo maravilloso que era mientras se ha estado obviando la parte más oscura, complicada y dolorosa de su vida. La misma que esta mujer llevó a juicio, y donde la justicia le dio la razón.
Yo, que sí desconocía lo de la sentencia, creo que ha hecho bien en hacerlo, por su propia salud mental. Y porque soy de la opinión de que, si es posible, hay que conocer todas las facetas de un artista, también para comprender mejor su obra. Pero claro, esto conlleva un peligro: y es que aparezca alguna cara tenebrosa que no te guste o que, directamente, sea delito, como es el caso.
Bajo mi punto de vista, lo que se podría hacer con la figura carnavalesca de Juan Carlos Aragón, como se ha hecho con otros artistas, es dar a conocer todo: sus luces y sus sombras. Lo que gusta, y lo que provoca rechazo. Aunque duela, porque admires su arte. A nadie se le ocurre cerrar el Museo Picasso de Málaga. Y, sin embargo, casi todo el mundo sabe cómo se las gastaba Picasso con las mujeres.
¿Por qué no estaría bien cancelar a Picasso? Primero porque, te guste o no, es uno de los mayores revolucionarios del mundo del arte. Y segundo, pero no menos importante: porque lo que se guarda bajo la alfombra se pudre, y no sirve. Y acaba oliendo mal.
En el caso que nos ocupa, veo más útil mostrar también su lado personal. De esta forma se le hace justicia a las víctimas, no se miente, ni se tergiversa, se comprende mejor su obra y sirve para que cuando, a tus tiernos dieciséis años alguien te cante al oído una canción bajo el soniquete de una guitarra, pero después te falte al respeto e, incluso, te parta la cara, te levantes, le metas la guitarra por el upite y hasta nunca.
Pero, por estos lares, somos mucho más de guardar la mierda bajo la alfombra: «Corre, corre, y aquí no ha pasado nada». Hasta que empieza a apestar.
Las sociedades sanas no esconden sus partes más oscuras: las estudian, las muestran y las explican.
Si ocultamos estos comportamientos, que todos sabemos que se siguen dando —en presente continuo— estamos perdiendo, por un lado, una buena oportunidad de enseñar a las generaciones actuales y futuras cómo identificar este tipo de conductas, bajo un ejemplo por muchos admirado. Y, por otro lado, estamos condenando al olvido a alguien que, creativamente, fue un genio.
Si eliminamos toda obra creada por personas moralmente miserables, acabaremos rodeados de eco y algún que otro balbuceo.
Con todo esto aprendo que la justicia, a la que siento en alta estima, a veces me incomoda. Porque el dolor nunca es justo. Y, a veces, un daño pasado arrastra dolor presente. ¿Y cuál pesa más? ¿Qué debe prevalecer? ¿El sufrimiento de las mujeres maltratadas o el sufrimiento actual de su viuda que, según ha contado, conoció a otro Juan Carlos?
Yo no tengo ninguna solución. Sólo soy una mujer que prefiere optar por la aceptación, y por un sentido de la justicia lo más amplio posible. Y creo que lo más justo es no tapar a nadie.
Mostrar y explicar todo, lo admirable y lo vergonzante. Sólo así puede respetarse a las víctimas, y comprender la figura de un artista al completo.
Quizás más demonio que ángel. O viceversa. Allá cada uno.
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