No sé por qué, llevo varios días recitando mentalmente en modo bucle el poema de Rubén Darío «Margarita, está linda la mar». De pequeña mi padre me regaló un casette, imagino que con más poemas recitados, pero a mí el que me encantó fue este. Desconozco quién lo recitaba, pero lo hacía increíblemente bien. Y no, por más que lo he buscado en YouTube, no he encontrado esa VOZ que lo interpretaba magistralmente.

Lo escuchaba, lo escuchaba sin parar, incluso lo copié en una pequeña libreta que tenía para anotar cosas importantes (las cosas importantes que se pueden apuntar con siete u ocho años). Sí, mi transtorno obsesivo-compulsivo por las libretas de cualquier tamaño color, y por el modo bucle lo arrastro desde pequeña.

Y, bueno, como me gusta tanto, me he lanzado a recitarlo yo. Por supuesto que no está a la altura de ese «desconocido» que tanto me encantaba escuchar, pero es una espinita que siempre he tenido y que, por qué no, me la voy a quitar.

¿Que por qué me gustaba tanto? Pues supongo que porque me sentía identificada con la rebeldía de la princesita, y porque me gustaba que «el mandamás» le diera la razón a ella: no estaba loca, ni era mala.

Hoy en día, a pesar de mi ateísmo, me sigue gustando el significado del poema;  por lo menos, el significado que yo le di de pequeña y que le sigo dando a día de hoy: No hay nada malo en soñar, en volar hacia lo que uno quiere, si tus intenciones son buenas y no perjudicas a nadie. Si hay una estrella en el cielo que anhelas y está a tu alcance, ¿cómo no vas a ir a por ella?

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