¿Que cómo se siente la ansiedad? Había perdido la cuenta ya de cuántas veces había apretado el botón de cancelar sus pensamientos: muchas, muchísimas veces ya, más de las que nunca hubiera llegado a creer jamás.

De hecho, alguna vez se le había escapado la palabra cancelar en voz alta, en cualquier lugar, con tono desesperado.

La mariposa negra estaba ahí, en su pecho. Y no se iba ni un segundo. Sólo salía de ella cuando conseguía conciliar el sueño; muy pocas horas. Demasiado pocas para lo cansada que se sentía.

La mariposa se hacía cada vez más grande, lo ocupaba todo.

La ocupaba a toda ella.

Y si le daba por agitar sus alas las consecuencias eran terribles: temblores de pies a cabeza, incontrolables; ganas de salir corriendo sin rumbo, de huir a ninguna parte. No querer estar en ningún sitio. ¡Cómo se siente la ansiedad! Sentir como la mariposa subía a la garganta, sin previo aviso, para ahogarla hasta conseguir  que las lágrimas escaparan sin razón, sin ton ni son. Donde quiera que esté.

Sentir que ella no era ella, la mariposa conseguía desdoblarla. O quizás partirla por la mitad.

Sólo quería estar tranquila, que todo fuera como antes, cuando la respiración no era un esfuerzo, cuando los suspiros no dolían en el alma y en el torso; cuando la tranquilidad no era un lujo.

Se quedó dormida pero, muy en la mañana, temprano, cuando aún sus ojos no habían terminado de abrirse, notó como la mariposa negra se le volvía a hundir en el pecho. Otro día más, consumiéndola.

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