No sé si le pasará a más gente, supongo que sí: a menudo me veo a mí o a gente muy cercana en otras personas, pero en un futuro normalmente nada halagüeño.

Es decir, quizás veo a una mujer anciana que, por algún motivo me recuerda a mí, y pienso si ella no será mi «yo del futuro».

Estoy como un cencerro, lo sé.

Y como decía, casi nunca es un porvenir prometedor, sino todo lo contrario.

Sin embargo, el otro día esto que me ocurre dio un giro inesperado: me vi a mí misma en el pasado.

Una chica, yendo al trabajo, uniformada de negro, diría que exactamente con la misma ropa y zapatos, con el pelo recogido y fumando un cigarrillo a paso ligero mientras se dirigía a coger el autobús (en la misma parada donde yo lo hacía).

Su cara, su expresión, eran exactas: se dirigía al matadero, no había duda. En su rostro esa mezcla de tristeza, rabia, impotencia…

Ese mirar hacia dentro continuo. Ese no querer mirar al exterior porque no te pertenece, porque no hay nada para ti en él.

Sentí un enorme escalofrío, incluso emoción por esa desconocida a la que me dieron ganas de abrazar porque sé que lo necesitaba.

Sentí orgullo por haber sido capaz de salir de ese bucle que no me traía nada bueno, sentí paz por mí y por las personas que me rodean.

Sentí que mi vida ahora sí tenía sentido porque no estaba donde NO quería estar, porque me encontraba en el camino que había elegido y lo estaba disfrutando.

Sentí felicidad.

Y era una sensación rara, porque me veía desdoblada entre la que era y la que soy.

Lo que hacía y lo que hago.

Lo que nunca fui y lo que siempre he sido.

Y entonces me di las gracias por haberme portado bien conmigo y, por extensión, con la gente que quiero.

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