No tenía pensado escribir nada hoy, pero me he puesto a pensar en las personas que se encuentren en mi misma situación, que hay muchas y me he dicho: «Si puedo reconfortar de alguna manera -muy, muy pequeña- a alguien, ¿por qué no voy a hacerlo?» Y por eso me he decidido a escribir esta carta a los que están como yo.

Porque sí, porque me hace sentir bien, porque es una de las cosas por las que siento que existo.

Sé que mucha gente estos días -estas larguísimas semanas previas a hoy- esa gente que este año o el año pasado, o hace 5 ó 10 años ese ser querido dejó de estar como estamos acostumbrados a que esté, esa gente está triste, enfadada; a ratos alegre quizás: montaña rusa emocional total.

Y es agotador.

Pues bueno, ya ha llegado EL DÍA, ya empieza también la cuenta atrás para que este año se vaya y sentir una pena inmensa, pero junto a un gran alivio porque hemos sobrevivido.

La contradicción.

L@s que estéis leyendo esto y pasando por ello sabéis a qué me refiero. Supongo que con los años la montaña rusa aminora la velocidad, pero ya se queda en nuestro interior para siempre, haciendo acto de presencia en fechas señaladas. También sin avisar, porque sí.

A todas esas personas solo quiero mandarles un abrazo de seis segundos como mínimo, un abrazo apretado de los que te saltan los lagrimones, pero consuelan.

A todas esas personas quiero decirles que sí, que nos mandan señales, que no puede ser casualidad, porque simplemente es imposible y porque además las casualidades no existen.

Si alguien no las ve ni las siente quizás sea porque el enfado no le deja verlas, son como las nubes que no dejan ver el sol: que no se vea y no sintamos su calor no significa que no esté ahí. Así que respira, deja que el enfado se vaya y, cuando menos lo esperes, habrá algo que te dirá que está contigo: una ambulancia amarilla, una pedrea terminada en su número favorito, una canción, una película, un sonido, una frase…

Están, de otra manera, pero están e intentan hacérnoslo saber. No me cabe ninguna duda. Y no es cuestión de religión, ni nada de eso. No soy creyente. No se trata de fe. Se trata de sentir. Algo tan humano y tan universal. Como el dolor, es tan común y a la vez tan particular. Tan de uno, incomparable y semejante al mismo tiempo.

Quiero que miremos a nuestro alrededor y nos sintamos contentos y agradecidos por todo lo que hay: tenemos un techo, una cama calentita donde dormir tranquilos, yemitas, turrones y pastelillos varios; familia y amigos que nos regalan y a los que regalar que sí están físicamente, pero no hoy: los tenemos durante todo el año. Vivan a cinco minutos de casa o a 26 horas de avión.

Están.

Igual que está esa persona a la que tanto echamos de menos. La que nos manda señales todo el año.

Está y nos desea una Feliz Navidad. Como yo.

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