Sí, he engordado con el confinamiento. Sí, estoy confitada. El juego de palabras del año, quizás de la década.

Ojalá este bicho nos hubiera dejado solo eso, carne de cuarentena. Pero no. Por desgracia esto saldrá en los libros de Historia: “La pandemia de 2020”. Ojalá fuera importante porque fue pandemia, pero no murió nadie. Ojalá fuera importante porque cuando la gente volvió a las calles lo hizo de manera ejemplar, con coherencia, con responsabilidad y respeto.

Pero qué va. Tenemos montones de ejemplos, pero quizás el paradigma lo encontramos en lo que está ocurriendo en EEUU. Que sí, que ya ha ocurrido más veces y con o sin coronavirus podría haber pasado igual. Pues sí, porque tras el encierro se ha regresado a la calle como se dejó.

Siempre me llamó la atención el racismo. Será porque yo de pequeña tenía una amiga, Briana, que era -y obviamente es- negra. Estaba en mi clase, en el colegio, desde 1º de EGB. Creo que, junto a su hermana, eran de las pocas personas de ese color que había en la ciudad por aquella época, si no las únicas. Jugábamos juntas. Me acuerdo que siempre andaba metida en peleas porque se metían con ella, yo no entendía muy bien por qué. Era muy fuerte, no le quedaba otra.

Después nos cambiaron de clase, pero en el instituto volvimos a coincidir y entonces fuimos íntimas amigas. Recuerdo que siempre estaba a la defensiva, se creía distinta. Y lo era, como todos los seres humanos, el problema radicaba en que su diferencia Briana la veía como algo negativo, porque era lo que le llegaba de la percepción de algunos entes que, estés donde estés, siempre aparecen.

Y aquí estamos, más de veinte años después, y seguimos con lo mismo. Leo las pancartas y alucino. “Black Lives Matter”. Joder, pues claro. Cómo no van a importar las vidas negras. Las vidas de la gente negra. Es que se me escapa… Vaya pedazo de mierda si todavía tenemos que ir enarbolando pancartas diciendo que las vidas de las personas importan.

Yo creo que lo tengo claro: es el desprecio por los demás el problema. El creerse superiores a la hora de tratar a un semejante sin respeto, hincarle la rodilla en el cuello hasta asfixiarlo o pasarle a escasos centímetros sin mascarilla y quedarse tan ancho. No va con ellos el cuento. Son inmunes. Seres supremos cuando están frente a otro ser humano que ellos, en su cabeza vacía de entendederas, entienden como inferior por tener la piel más oscura. No lo entiendo, ni lo entenderé nunca. Ni quiero.

Y mientras nosotros, afortunados, preocupándonos de nuestras carnes cuarentenas y preguntándonos cuándo nos abandonará esta lorza que parece que ha venido para quedarse. Ojalá todas las preocupaciones fueran eso. Ojalá el racismo ni se nos pasara por la cabeza. Por absurdo. Por injusto. Por descerebrado. Por inhumano. Ojalá me quedara con mi lorza y ese fuera el único problema. Ojalá.

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