Después de recapacitar mucho sobre todo lo que está pasando, leer algunos artículos y repasar algunas de las cosas que aprendí al licenciarme en Historia, me doy cuenta de algo que ya barruntaba desde hace tiempo y que ahora -así de pronto- nos encontramos con estos cambios bruscos pandémicos encima.

Estamos en un cambio de era, de estructura, de pensamiento y de todo lo que ello conlleva. Como explicaba Braudel, las transiciones de estructura son complejas y largas, vienen determinadas por el tiempo largo y son muy difíciles de limitar. Es el Antiguo Régimen, el fin del Imperio romano o la época capitalista. Sí, hay hitos, fechas históricas que nos dan pistas, pero el Imperio romano no acabó realmente en el 476 d.C. Su final comenzó a gestarse mucho antes y estuvo dando coletazos otro tanto tiempo más, hasta su inmersión en la Edad Media.

Los cambios no siempre traen consigo penurias, solo tenemos que escuchar la palabra Renacimiento para que la mente y el corazón nos galopen a golpe de creatividad: Leonardo, Garcilaso, Giotto, Miguel Ángel, Erasmo, Beatriz Bernal o Caravaggio. La propia palabra nos transforma en Lázaro, «levántate y anda»; el caminar nos hace ser, «caminante, no hay camino, se hace camino al andar» *.

Todo lo que estamos contemplando culmina en una vuelta a la tortilla, el problema es que no sabemos si finalmente serán unos huevos revueltos, pasados por agua o escalfados. Acudiendo de nuevo a Braudel, «vemos la espuma superficial que provocan las olas al romper, pero no las corrientes que las provocan».

Teniendo en cuenta los antecedentes históricos cuando se han dado estos cambios bruscos en el tiempo largo, la cosa no pinta nada bien.

Quizás haya que ser positivo y pensar que, como hace siete siglos, el futuro se nos presenta halagüeño, pero no sé yo. No lo tengo muy claro. Siempre se oye a los que más ruido hacen pero -precisamente esos- son los que atraen a esa masa informe y termina creando monstruos que, a toro pasado, no sabemos muy bien cómo se permitió que llegaran tan lejos.

¿Cómo es posible que se arengue a la violencia con esa torpeza? ¿Cómo es posible que haya personas que se odien por defender unas siglas políticas? Echad la vista atrás, queridos y queridas. Tenemos testigos en blanco y negro de la última vez que ocurrió. Parecen tan lejanos, ¿verdad? ¡Cómo se pudo permitir tal barbaridad!

De la misma manera que la permitimos hoy: una barrabasada por aquí, una equivocación por allá, una contestación disparatada por el otro lado… Se hace una bola y cuando nos queremos dar cuenta vamos corriendo como pollo sin cabeza a lo Indiana Jones en el Arca perdida. ¿Pensáis que en otras ocasiones nadie llamó a la razón? ¿Que no había personas con dos dedos de frente que no avisaban de lo que podía ocurrir? Pues claro que sí pero, como ahora, a esa gente no se la escucha. Es más llamativo estar todo el día quemando la sangre a la ciudadanía y ésta dejándosela quemar, como si las consecuencias no fueran con nadie.

Estamos en un momento peligroso. Sí, pero espero que esta vez se escuchen más las voces de concordia y solidaridad que los rebuznos violentos y fueras de sí.

No pongamos las orejas en los políticos. Saquémoslas de ahí. Escuchemos la información que nos sea necesaria y huyamos a otros lares, ahora tenemos el mundo entero en nuestras manos, podemos elegir.

Pongamos nuestro interés en renacer: escritores, deportistas, cantantes, docentes, dibujantes, reponedoras, artistas, enfermeros, médicas o cajeros de supermercado. Abracemos todo aquel discurso que nos aporte serenidad, cordura y renovación, no necesitamos enfadarnos más. No hace falta, ni es sano. Y da miedo, mucho miedo.

Tengamos el valor y la cabeza para salir del redil. Renazcamos.

*Cantares, Antonio Machado.

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