Hace unos días, charlando con unas amigas, me quedé pillada. El asunto en cuestión es la ¿nueva? corriente de emputizar la ropa. Parece que ha habido cierta controversia en redes sobre esta materia. Bien. Polémicas aparte, que el temita ya de por sí simple no es, he de aclarar que, aunque el término sí sea nuevo, por lo menos para mí, el contenido para nada lo es. Ya en mi adolescencia, que queda un pelín lejos -todo sea dicho- se escuchaba lo de «no te pongas eso, que es de putilla», «vas como una puta», etc., refiriéndose al modo de vestir.

Nunca fue mi sueño ni el de ninguna de mis amigas ser prostituta, al igual que imagino que no lo será para las adolescentes de ahora, así en general (siempre hay excepciones).

Si yo o mis amigas enseñábamos más piel de lo éticamente correcto era porque nos parecía divertido, provocador, pero desde luego no lo hacíamos con la intención de parecer ni de ser furcias, ni de que nos violaran o nos metieran mano en cualquier esquina. No. Quiero dejar esto muy claro, porque todavía existe la idea de que si enseñas las bragas es porque quieres que cualquiera y en cualquier circunstancia te las quite. NO. Ni siquiera las cortesanas -la única palabra bonita que he encontrado para definir esta profesión- cumplen esta supuesta y asquerosa condición: su NO vale lo mismo que el de una monja, una cajera de supermercado o una directora comercial de una potente multinacional.

Pero dejemos a un lado lo que se dice de nosotras y vayamos a las mentes de quienes definen como protitutas a niñas, adolescentes o adultas por el hecho de enseñar más piel de la media. No hablamos de gustos, ese libro que yo sepa sigue en blanco: lo que para unos puede ser elegante, para otras puede resultar aburrido. La belleza -o el putiferio- está en el ojo de quien mira.

Buceemos en esas mentes porque «si tú me ves como una prostituta por cómo visto», quizás sea porque eres un putero, seguramente no de facto, o sí, pero desde luego de mente nos encontramos ante un ser putero de libro (sea fémina o varón).

Está perfectamente catalogado para la mujer lo que es «vestir como una puta», es decir, la señal «inequívoca» exterior de que nos encontramos ante una fulana; sin embargo, putero puede ser cualquiera, quedando oculto en el anonimato: todos o ninguno en una reunión, alguno por la calle, en una cafetería. No hay un perfil, un comportamiento ni nada a ojos vista que nos haga suponer que estamos delante de un putañero (el único sinónimo que he encontrado); sin embargo, es meridianamente obvio cuando estamos delante de una puta. O eso nos han contado.

Acaso producir ingresos pecuniarios por mantener relaciones sexuales es sinónimo de ser solo eso, puta. Sin embargo, el putero puede ser muchas cosas, no se define como tal por pagar para obtener sexo, mientras que la mujer sí es definida exclusivamente por cobrar. No es nada más. Es puta y ya está. Meretriz. Todo dicho, no hace falta más información.

Él puede ser padre; abogado o camarero, buena persona, responsable y buen amigo, o un bicho malnacido, pero jamás se le definirá por el simple hecho de ser putero. Jamás nadie lo señalará por la calle porque lleve un pantalón o corbata de putero, o lleve la barba afeitada como un putañero. Además, está lo de usar una ocupación como insulto: ser ramera es una profesión, ser putero no. «Hay putas que lo son porque quieren», argumentan algunos, como si los puteros fueran obligados a punta de pistola a reclamar servicios sexuales, pobrecillos.

Que las mujeres están en su derecho a ejercer la prostitución es algo que daría -no para un artículo-, sino para una enciclopedia de veinte tomos.

Que sean miradas por encima del hombro, vejadas, maltratadas y definidas únicamente por practicar sexo previo pago, tiene una respuesta breve: NO. Qué menos que un mínimo de equidad; al fin y al cabo, si el servicio existe es porque alguien lo reclama. ¿Quién baja a los infiernos, una persona que ofrece su cuerpo por dinero u otra que ofrece su dinero por usar un cuerpo que sabe que de otra manera le estaría vetado? ¿Se va al infierno por eso? ¿Acaso en nuestro reclamo de libertad no es justo que lo hagamos para todas, en cualquier circunstancia, aunque no estemos de acuerdo? ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina?

Sí, en un mundo ideal el dinero y el poder desaparecerían y el oficio más antiguo del mundo seguramente también, y no porque ya no hubiera demanda, sino porque no habría profesionales para cubrir esos puestos: ya no se podría pagar por doblegar la voluntad. Pero ese mundo no existe. Así que en este que nos ha tocado, dejemos de ofender y denigrar a los demás por lo que son o lo que nos parece que son. Si en vez de ropa lleváramos el alma por fuera, más de uno hubiera dejado su cuerpo en cuarentena, por los siglos de los siglos. Amén.

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