El otro día, jartita -como tor mundo- de este cansancio pandémico y de sé responsable -ecettuando a los inmortale que pululan por tos lao- en el cumplimiento de las norma de los cojone, me puse los casco y me fui andando al Cortinglé, intentando dá esquinazo a los cortapunto coronavírico de los huevo.

Elegí la carpeta «Bailar» y poco me fartó para darlo todo por la carretera industriá. Llegada ar conocido centro comerciá, subí por las solitaria escalera automática y me sentí Beyonsé: qué ganas de menear el culo mientras la escalera mascendía a los cielo comprile, demostrando ar mundo que vive dentro de mi molondro la bailarina que llevo en mi interió. Faltó poco, mu poco…

Lo mismo dentro de unos mese peto cual globo de cumpleaño -quién los volviera a vé- y sargo en er Diario por espettáculo gratuito, en er sitio que meno te espere. Con mascarilla y tó. Der tirón.

Y es que estamo desesperaíto ya… Estoy. Entre que no se puede í a bailá, ni a cená, ni de copeteo ni ná de ná y, consecuentemente, conocé a arguien sa convertío en deporte de riesgo, ya me diréi. Los sortero responsable llevamo un año en er dique seco, como poco. Siendo ottimista e inconsciente a lo Simón: es decí, suponiendo que hubiera mojao en er Carnavá chiquito del año pasao; que si se llega a sabé esto… Hubiera pillao cacho hastar tato, por pura desesperación, pero claro… En la época aC (antes der Covi), éramo todo mu selecto. Era. Yo.

Todavía recuerdo hasta con cariño mi úrtimo encuentro aC, y es que no pudo sé meno… Dejémoslo en poco apasionao.

Fue con un amigo con er que tengo un rollo mu guay desde hace año -entiéndase rollo en el amplio sentío de la palabra, que hay que explicároslo tó: escucharse alguna letrilla carnavalesca de los años 60 si estái desentrenao- y quedamo en mi casa pa cená, tomá argo y tó lo que tuviera que surgí, que surge siempre. Pues yo no sé si es ya la confianza o que ese día estaba Mercurio en retrógrado, er caso es que cuando abro la puerta me encuentro ar muchacho portando en la mano una borsa arrugá der Covirán.

—¿Qué trae ahí?, pregunté curiosona.

—Er pijama —dijo él mientras entraba y mi libido bajaba a la velocidá de la lú y no a mis pies, sino a la planta baja de la finca.

—Ah, pero que te va a quedá a dormí… —contesté por decí argo.

—Claro, como siempre, ¿no? Yo afirmé con la cabeza, mientras pensaba: «No, como siempre no, porque jamá de los jamase tas traío tú er pijama». Totá, no quise darle má vuerta. La cosa se resumió en cena de comida guarra en er sofá -entiéndase pissa y chanwi de pollo-, peli, tema, pijama -cómo no- y a dormí.

Que digo yo que si lleváramo junto mucho tiempo, conviviendo y demá, pues vale… ¿Pero un aquí te pillo aquí te mato de vé en cuando, alargao en er tiempo, también se transforma en esto?

Pues lo echo de meno y tó. En aquer momento me quedé un poco enchascá, pa qué nos vamo a engañá, pero ahora mismo…

Ojalá viniera a mi casa con un pijama, de gatito y con pelotilla si quiere. Y er cepillito de diente… Y si se quiere quedá una temporaíta, que se quede y vamo junto a comprá ar Carrefú. Y vé Netflix. Lo que hace el cansancio pandémico y la farta de cariño. Yo, que he huío tó la vida como de la peste de la rutina y una pareja estable.

De aquí a meterme a monja por tené compañía hay un paso. Mu grande. Que no voy a dá. Prefiero las escalera del Cortinglé. No ni ná.

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