Los mesetarians de pura cepa no han perdido el norte, es que son así, de allí, de Despeñaperros para arriba: con sus prisas y ese tufillo de superioridad que tira para atrás.

El tufillo, más o menos tolerable, se vuelve hedor durante la estación estival, provocado por un grupo de especímenes específico de mesetarians o mesetas: además de llegar corriendo, se van corriendo, el resto del mundo está deseando que se larguen, y que se lleven con ellos sus prisas, su mala educación y sus prejuicios. La sesera les da para más bien poco a este subgrupo: ante una pregunta impertinente, ya puedes acordarte de todo su mausoleo con la carga de Cádiz, que ellos siguen diciendo que «hay que ver qué gracioso», que «aquí siempre estáis de guasa» y «qué arte más grande, Cai«. Con la mano abierta.

Les hace gracia todo lo que no la tiene.
Menos llegar a un bar a comer, que no haya sitio, y tener dos opciones: esperar o largarse.

Porque claro, cómo va a ser que no haya sitio para ellos, que son los que dan de comer a estos establecimientos y sus gentes, que viven durante todo el año de las cuatro perras que se gastan en lo que dura su visita. Eso piensan. Esa es su mentalidad. Lo de estar agradecidos porque haya alguien trabajando para hacerles más agradable sus momentos de asueto, ni se les pasa por la mollera. Por no hablar de tratar con la punta del pie al camarero o camarera, que sirve la bebida y la comida que se van a meter entre pecho y espalda. Se ve que, además de la educación, también les falta el instinto de supervivencia.

Son capaces de quitarle la lista de espera de mesas a la persona encargada, para comprobar ellos si está bien. Son avezados, queriendo incrustar una mesa entre otras dos por tal de estar justo donde quieren, así moleste al resto de clientes.

Les causa carcajeo no tener que entrar corriendo, a empujones y asalvajados en el autobús, sino esperar en cola -no fila- como seres humanos cívicos, mientras los que van montados se bajan de él. Tienen los santos cojones de criticar una finca de más de dos siglos, como si vivir en un chalet adosado o en un edificio horroroso de los años setenta fuera lo único civilizado. Se asombran cuando ven las mismas tiendas que en sus ciudades. Se sorprenden cuando ven que hay otros tipos de tiendas que en sus ciudades no hay. Miran por encima del hombro, mientras pululan en el aire todas sus eses y des, ralentizando el lenguaje. Se creen con derecho, porque tienen interiorizada esa superioridad salvapatrias.

Ellos, que muchos se mueren de asco el resto del año en sus lugares de residencia.

Piensan que por correr más van a llegar antes y mejor, cuando no hay un objetivo al que llegar, solo un destino en el que disfrutar y descansar. Son vacaciones, no unas olimpiadas.

A todos más o menos nos gusta que visiten y admiren la ciudad o el pueblo de una, pero no que vengan a tocarte los huevos a tu propia casa. Es como el que raja de su hermano, de su madre o de su mejor amigo, pero como a alguien de fuera del círculo de confianza se le ocurra hacer lo mismo… No. Pues eso. Respeto.

Los neoyorquinos van a París y agachan las orejas. Sin embargo, la arrogancia de este subtipo de mesestarian, que tanto me avergüenza, no conoce límites. La soberbia les vuelve sordos. No se enteran. Y no porque hayan perdido el norte. Lo que han perdido es el sur. De hecho, nunca lo encontraron, ni lo tendrán.

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