Los «madrileños» no hemos perdido el norte, es que somos así: con nuestras prisas y ese tufillo de superioridad que tira para atrás. Como sinónimo de «madrileños», nos llaman mesetarians: entiéndase de Despeñaperros para arriba. Pero no somos mala gente.

Sin embargo, ni siquiera yo -que soy de Despeñaperros para arriba-, soporto a algunos de ellos1, porque el tufillo se vuelve un hedor que hasta a mí me hace vomitar, cuanto menos a los españoles nativos de los lugares que visitan -visitamos- durante la estación estival.

Los del hedor son un grupo reducido de especímenes que -además de llegar corriendo-, se van corriendo y el resto del mundo está deseando que se larguen, y se lleven con ellos sus prisas, su mala educación y sus prejuicios2. La sesera les da para más bien poco a este subgrupo: ante una pregunta impertinente, ya pueden cagarse en sus muertos con la carga de Cádiz, que ellos siguen diciendo que hay que ver qué gracioso, que aquí siempre están de guasa y qué arte más grande. No me extraña que a los autóctonos les den ganas de darles con la mano abierta.

Les hace gracia todo lo que no la tiene.
Menos llegar a un bar a comer, que no haya sitio y tengan que esperar.

Porque claro, cómo va a ser que no haya sitio para ellos, que son los que dan de comer a esos establecimientos y sus gentes, que viven durante todo el año de las cuatro perras que se gastan en lo que dura su visita. Eso piensan. Esa es su mentalidad: lo de estar agradecidos porque haya alguien trabajando para hacerles más agradable sus momentos de asueto, ni se les pasa por la mollera. Por no hablar de tratar con la punta del pie al camarero, la persona que trae la bebida y la comida que nos vamos a meter entre pecho y espalda. Se ve que, además de la educación, también les falta el instinto de supervivencia.

Son capaces de quitarle la lista de espera de mesas al camarero, para comprobar ellos si está bien. Son avezados, queriendo incrustar una mesa entre otras dos por tal de estar justo donde quieren, aunque anule la distancia de seguridad y las otras dos mesas.

Egoístas y egocéntricos. Algunos de mis vecinos parlantes son catetos, muy catetos.

Les causa carcajeo no tener que ir a buscar corriendo y asalvajados el autobús, sino esperar en cola -no fila- como seres humanos, mientras los que van montados se bajan de él. Tienen los santos cojones de criticar una finca de más de dos siglos, como si vivir en un chalet adosado o en un edificio horroroso de los años setenta fuera lo único civilizado. Se sorprenden cuando ven las mismas tiendas que en sus ciudades. Se sorprenden cuando ven que hay otros tipos de tiendas que en sus ciudades no hay. Miran por encima del hombro, con todas las eses y des, ralentizadoras del lenguaje. Se creen con derecho, porque tienen interiorizada esa superioridad salvapatrias.

Ellos, que muchos se mueren de asco el resto del año en sus lugares de residencia.

Piensan que por correr más van a llegar antes y mejor, cuando no hay un objetivo al que llegar, solo un destino en el que disfrutar y descansar. Son vacaciones, no unas olimpiadas.

No se lleven a engaño, a todos nos gusta que visiten la ciudad o el pueblo de uno, pero no que vengan a tocarte los huevos a tu propia casa. Es como el que raja de su hermano, de su madre o de su mejor amigo, pero como a alguien de fuera del círculo de confianza se le ocurra hacer lo mismo… No. Pues eso. Respeto.

Los neoyorquinos van a París y agachan las orejas. Sin embargo, la arrogancia de este tipo de mesestarian, que tanto me avergüenza, no conoce límites. La soberbia les vuelve sordos. No se enteran. Y no porque hayan perdido el norte. Lo que han perdido es el sur. De hecho, nunca lo encontraron.

1 Entiéndase todo el artículo en neutro: todos, todas y todes tienen cabida en estas letras.
2 Entiéndase que l@s maleducad@s e indeseables están repartidos a lo largo del todo el ancho mundo. En este artículo se habla de una categoría en concreto.

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