«No sé por donde empezar. Tengo ganas de escapar a ninguna parte. Nadie sabe que estoy escribiendo esto y dudo mucho que alguien nunca se entere de que lo hice y, aún así, quiero hacerlo. Por ese resquicio de luz que hay en lo imposible… Tengo tantas cosas que contar, que no sé por dónde empezar…»

Estas podrían ser unas letras cualquiera de una mujer que plasma por escrito, por primera vez, un texto. Del siglo pasado, del anterior o de antes de ayer. Sí, en nuestro confortable primer mundo podemos hacer casi cualquier cosa, y gracias, pero hay que recordar -cada día- que no todas estamos en las mismas condiciones. Y no hablo solo de las escritoras, sino de las mujeres.

El alboroto de los Carmen Mola no es sino una más del marketing editorial.

Ahora resulta que si eres mujer es más fácil que te publiquen y te den premios, dicen. ¿Justicia poética? Parece que no, por los últimos datos aportados por el Ministerio de Cultura el pasado junio sobre el año 2019, que dicen -incluso a pesar de que parece que estamos de moda- que las mujeres publicamos un 35,6% frente a un 59’9% de hombres (ambos con ISBN). Por tanto, la primera afirmación -gracias o a pesar de la mercadotecnia- es una mentira como una casa. Además de injusto. No vi a ningún ser rasgarse las vestiduras cuando los candidatos -a todo- eran solo masculinos.

Y no, no me decanto a la hora de escoger qué leer por el género de la persona que escribe, sino por recomendaciones, mi intuición y conocimientos: si es hombre o mujer jamás ha sido para mí ni impedimento ni facilidad a la hora de escoger un título. Al final lo que perdura son las buenas obras, las que transmiten, las que cuentan, como todo. Pero sería de perogrullo negar que, hasta hace bien poco, la literatura -como todo lo demás que se saliera de las cuatro paredes del hogar- era creada por y para hombres (con sus mínimas excepciones).

No quiero que se me reconozca por mi género, sino por mi talento, si lo hubiera; pero me resulta un tanto apestosa la recriminación a la paridad, como si todos los reconocimientos y premios que se han dado hasta ahora hubieran sido otorgados única y exclusivamente a lo extraordinario. «La igualdad en número no es justa, que lleguen l@s mejores»: no escuchaba yo tanto quisquillosismo cuando solo era la mitad de la población -los hombres- los que llegaban a acariciar el poder, los premios, la gloria.

Ahora resulta que todo era alta literatura, políticos excepcionales, sapiencia absoluta. Y llegamos nosotras -las mujeres- a joder la marrana, con lo bien que va todo…

Y por supuesto, hay que exigir lo sobresaliente, que no me parece mal, sino todo lo contario, pero… Ahora que llegamos nosotras, claro. No vaya a ser que baje la calidad política, literaria y humana de este mundo gobernado por la testosterona, que tanto bien hizo y hace a diestro y siniestro. Por nuestra femenina culpa el mundo se va a la mierda, y acabamos de asomar la nariz a él. Si es que somos lo peor. ¡Encima que nos hacen un sitito!

El machismo está tan dentro, tan encastrado que no lo ves,
ni siquiera eres consciente de sentirlo, aunque lo sufras.

«Es lo normal». Que me traten con condescendencia en temas sobre los que he leído y estudiado o he dedicado años, y cuyo título se ve que no vale ni para abofetear a un cuñao, que no tiene ni puñetera idea de lo que habla, pero que defiende como verdad absoluta lo que sale por su boca porque es su opinión, frente a mí, una mujer que qué va a saber, por mucho que haya leído y muy licenciada que sea.

A ver cuándo nos enteramos que opinión tenemos todos, como un culo, pero que los «yo opino», «yo creo» jamás van a estar por encima de hechos investigados y contrastados científicamente. Y sí, las Humanidades también son una ciencia. ¡Chorprecha!

Esta mañana cagué duro: habrá quien crea que sea porque ayer me comí tres donuts y apenas tomé fibra; otra opine que no tomo suficiente agua y alguno habrá que piense que qué hago diciendo esto, que qué mal gusto y tal. Pero el hecho es que esta mañana cagué duro y resulta que es porque tengo el intestino más largo y curvo de lo que debería. Ese es el hecho: está ahí, en unas pruebas científicas valoradas por una médica especialista. Puedes ignorar -adrede o no- los hechos, pero tu opinión no los cambia. Mi intestino no se va a volver más corto y recto porque tú creas que lo es. Y voy a cagar duro pienses lo que pienses. Es un hecho contrastado y, si quieres, te invito a que lo compruebes.

El que quiera entender que entienda: como cantaban Los Yesterday «po er que la coja pa é», y el que no, que se quede con que, a veces, cago duro.

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